
"Hoyos" y "recintos" en positivo: construcciones y modelo económico.
María Isabel Martínez Navarrete
2016
[page-n-1]
Del neolític a l’edat del bronze en el Mediterrani occidental.
Estudis en homenatge a Bernat Martí Oliver.
TV SIP 119, València, 2016, p. 403-410.
“Hoyos” y “recintos” en positivo:
construcciones y modelo económico
M. Isabel Martínez Navarrete
resumen
“Silos”, “fondos de cabaña” y “basureros” son subestructuras que, en la Prehistoria reciente, se creen testimonios o de aldeas
agrícolas permanentes o de depósitos rituales realizados en lugares donde se reúnen grupos móviles. El inicio de la economía
campesina es el trasfondo teórico del debate al que el texto contribuye desde una perspectiva externa. Tras sintetizar la
historiografía sobre las subestructuras, se revisa la lectura cultual de los procesos de formación del registro. El contrapunto
es una definición del campesinado basada en la inversión de trabajo social en la tierra. Asumiendo el hábitat agrario como su
mejor testimonio, se propone la arquitectura en tierra neolítica del sureste europeo y tradicional de la Meseta norte como una
analogía pertinente para interpretar las subestructuras de la Península Ibérica. Se aboga por diseñar la excavación mediante
técnicas estadísticas de muestreo y por formalizar los modelos interpretativos de manera que sea posible determinar la
representatividad del registro y evitar los apriorismos y falsas disyuntivas sociales que lastran el estado actual de la cuestión.
p a l a b r a s c l a v e : Estructuras
negativas, campesinado, arquitectura en barro, historiografía, perspectiva externa, análisis
comparativo, Península Ibérica, Mediterráneo occidental, Neolítico, Calcolítico, Prehistoria reciente.
résumé
“Fosses” et “enceintes” en positif : constructions et modèle économique. Des “silos”, “fonds de cabanes” et “réservoirs
d’ordures” sont des sous-structures qui, dans la Préhistoire Récente, sont interprétées comme témoignages de villages agricoles
permanents ou comme des dépôts rituels dans des lieus où sont réunis des groupes semi-nomades. Le départ de l’économie
paysanne est le fond théorique du débat auquel le texte il contribue, d’un point de vue externe. Après avoir synthétisé
l’historiographie sur les sous-structures, il est révisé la lecture cultuelle des procès de formation du registre. Le contrepoint
est une définition du système paysan basé dans l’investissement de travail social dans la terre. En assumant l’habitat agricole
comme son meilleur témoignage, on propose l’architecture en terre néolithique du sud-est européen et traditionnel du Plateau
Nord comme une analogie pertinente pour interpréter les sous-structures de la Péninsule Ibérique. On plaide pour concevoir
l’excavation au moyen de techniques statistiques d’échantillonnage et pour formaliser les modèles interprétatifs de sorte qu’il
soit possible de déterminer la représentativité du registre et éviter les apriorismes et fausses disjonctives sociales qui lestent
l’état actuel de la question.
: Fossés, système paysan, architecture en boue, historiographie, perspective externe, analyse comparatif,
Péninsule Ibérique, Méditerranée occidental, Néolithique, Chalcolithique, Préhistoire Récent.
mots clés
1. INTRODUCCIÓN
Las estructuras denominadas “silos”, “fondos de cabaña”, “basureros” y “hoyos” son espacios subterráneos o semisubterráneos excavados artificialmente, rellenos de materiales arqueológicos y sedimentos predominantemente cenicientos. En la actualidad identifican a los yacimientos de la Prehistoria reciente,
localizados en los valles fluviales o en altozanos próximos a
cursos de agua (Márquez y Jiménez, 2010; Bernabeu, Orozco
y Diez, 2012; Soler, 2013; Delibes et al., 2014). El estudio de
estos “agujeros negros” (Márquez, 2001) es de potencial interés
general por su amplia distribución territorial y cronológica en la
Península Ibérica. La investigación más reciente ha reforzado
ese interés en particular al revitalizar el debate que conecta la
interpretación funcional de las subestructuras con la movilidad,
la economía, la organización de las primeras sociedades productoras y su impacto en el territorio. Mi contribución se centrará
en las vertientes teórico-metodológicas. Está en deuda con la
atención del grupo de investigación donde me integro por las
primeras sociedades campesinas (Vicent, 1990, 1991) y por el
“registro en negativo” madrileño (Martínez Navarrete, 1985:
884-911; Díaz-del-Río, 2001, 2003).
Desde su identificación inicial se han sucedido asignaciones funcionales con poco contraste arqueológico, inspiradas en
las conceptualizaciónes vigentes sobre la supuesta actividad de
las comunidades prehistóricas que las excavaron. A fines del siglo XIX el referente eran los agricultores de la “Cultura de los
silos del Guadalquivir” (Márquez, 2001: 208). Tras una década
se incorporan los “fondos de cabaña”, excavados en las terrazas
del Manzanares y Jarama en torno a Madrid. Quizá por haberse
403
[page-n-2]
M. I. Martínez Navarrete
estudiado en el marco de la institucionalización de la Prehistoria
más antigua, previo a la Guerra Civil, se concibieron sin problema como viviendas ocupadas por cazadores, conocedores de la
ganadería y cultivadores, con cerámicas decoradas de la “Cultura
de las cuevas” (Martínez Navarrete, 1985: 834, 841, 843). La investigación en ambas zonas de la Península Ibérica irá consolidando una visión social contrapuesta: comunidades estables con
almacenes agrícolas y viviendas semiexcavadas al Sur y ganaderas móviles con “basureros” a ambos lados del Sistema Central.
En la década de los 1970 se multiplican las excavaciones por
toda España y con ellas la identificación de subestructuras. Entre
1975 y 1979 se actúa en yacimientos clave en peligro: Valencina
de la Concepción, Papa Uvas (Martín de la Cruz, 1985: 46, 184),
la Pijotilla (Hurtado, 1991: 45) y Las Pozas (Delibes et al., 2014:
86). Además de los “hoyos” tenían zanjas alargadas a las que se
asignaron usos muy diversos, cuyos rellenos incluían artefactos
(Márquez, 2001: 211). Unos y otras se integraron en la visión
desarticulada de los yacimientos del momento, muy condicionada por la presión de los propietarios del suelo para reducir el
tiempo de las intervenciones y constreñirlas a sondeos dispersos
en unos terrenos sin delimitación arqueológica (Arribas y Molina, 1984: 91; Pellicer, 1986: 245-246). Los cambios se aceleran
por esas fechas. Las administraciones públicas ibéricas fijan los
criterios de tutela de los sitios arqueológicos, incorporan nuevos
agentes (empresas y profesionales no funcionarios) y generalizan
la planificación. Las Comunidades Autónomas españolas, en uso
de sus nuevas competencias, combinan las políticas preventivas
de protección del patrimonio con la atención a los imperativos
urbanísticos. En poco tiempo se rebajan grandes superficies, identificando muchos yacimientos en extensión y definiendo mejor
otros (Díaz-del-Río, 1999; Zafra, Hornos y Castro, 1999: 78; Soler, 2013: 79, 81; Delibes et al., 2014: 10).
Este registro fundamental se completa con el procedente de
las prospecciones para los inventarios arqueológicos. La Junta de
Extremadura financia las iniciativas pioneras, promovidas por V.
Hurtado (1991: 45-47) de la Universidad de Sevilla, en La Pijotilla: un vuelo fotogramétrico en 19841 y una prospección arqueomagnética para orientar la cuadriculación de la excavación
en 1990. La prospección aérea detecta un recinto completo delimitado por zanjas “con un diámetro de 900 m” y una superficie
calculada en “más de 80 Ha” (Hurtado, 1991: 60). Como resultado, La Pijotilla se equipara con “Valencina de la Concepción,
el único publicado de la Península Ibérica que lo supera en extensión”. Este posible centro de jerarquización del poblamiento
en la Cuenca Media del Guadiana, más longevo de lo supuesto,
alberga en su perímetro necrópolis, cabañas, silos y, quizás, el territorio de explotación agrícola (Hurtado, 1991: 66). Desde 1993,
la Junta de Castilla y León emplea la prospección aérea en sus inventarios regionales (Olmo [1999]: 48-49) y, en 1997, el Instituto
Portugués del Patrimonio Arquitectónico en el proyecto de A. C.
Valera - empresa Era-Arqueología en Perdigões. Las imágenes
definen un poblado de 16 ha, delimitado por varios fosos. El más
externo abraza la necrópolis (Márquez et al., 2011: 176-178). Las
costosas prospecciones geofísicas, microsondeos y catas se retoman más tarde con universidades extranjeras y/o especialistas,
1 Directora General de Patrimonio Cultural, Milagro Gil-Mascarell
(1984-1986).
404
precisando estas arquitecturas a escala local (García, Barton y
Bernabeu, 2008; Bernabeu, Orozco y Diez, 2012: 54; Wheatley
et al., 2012) y regional (Delibes et al., 2014).
En paralelo, manejar el registro neolítico y calcolítico de
otros países europeos (Bernabeu et al., 1989: 112, 114; Lizcano
et al., 1997: 23; Díaz-del-Río, 2001: 208; Márquez, 2001: 209)
favorece que las zanjas se planteen como elementos delimitadores (Arenal de la Costa, en Pascual Benito, Bernabeu y Pascual
Beneyto, 1993: 42, 45). Los asentamientos excavados en el área
valenciana y el de Papa Uvas pasan ya a algún manual universitario como poblados con fosos del “VI-V milenio BP” (Bernabeu, Aura y Badal, 1993: 292-293). Esta iniciativa multiplica
el impacto de la nueva visión del poblamiento. En la Meseta
Díaz-del-Río (2001: 208-209) define los primeros recintos circulares al excavar en extensión Las Matillas y Gózquez (1998
y 1999) y valora su semejanza formal con los de la cuenca del
Duero (Olmo, [1999]: 44-45, 49), reforzada por las fechas de
Gózquez y Las Pozas.
La nueva interpretación de las zanjas, algunas muy antiguas
(VI milenio cal a.C., en Mas d’Is, Bernabeu, Orozco y Diez,
2012: 61-63), articuló el palimpsesto de subestructuras que se
asociaban con ellas. Los “campos de hoyos” se parcelaron en
espacios interiores o exteriores a cada anillo del “recinto de
fosos”, planificador y ordenador espacial de los asentamientos
(Delibes et al., 2014: 8). Esta organización se intuyó donde solo
se conocían “hoyos”. El éxito de esta tipología de asentamientos
queda constatado por su continuidad milenaria (Balsera et al.,
2015: 149) y su amplia distribución. Hasta el momento, solo
faltan en los rebordes montañosos septentrionales peninsulares
(Fábregas, Bonilla y César, 2007; Márquez y Jiménez, 2010:
280-288; Gianotti et al., 2011).
La orientación post-procesual, predominante en los estudios
extrapeninsulares sobre recintos, se ha materializado como una
poderosa alternativa interna. En la senda de S.O. Jorge y V.O.
Jorge (Universidad de Oporto), J.E. Márquez y V. Jiménez (2010:
40, 42) desde la Universidad de Málaga reclaman contextualizar
los “campos de silos” en la investigación sobre la “arquitectura
inscrita” de la fachada atlántica europea, dada la manifiesta afinidad –morfológica, espacial y funcional–, entre ambas fenomenologías arqueológicas (Márquez, 2001: 209). Los recintos ya no
son aldeas, sino centros de culto o lugares de agregación social
complementarios de hábitats temporales por encontrar. La tesis
de Márquez Romero (2001: 215) sobre el carácter ideológico de
los mismos contradecía el concepto formalista que guiaba el estudio de los primeros agricultores. Al defender unos asentamientos
provisionales amenazaba una vida campesina que, por entonces y
en buena medida gracias a los recintos, por fin, se había estabilizado fuera de las cuevas (Martí y Bernabeu, 2012: 129-130, 132).
En el debate inmediato entre las alternativas emic/etic su énfasis
en la determinación ideológica superó al de cualquier otro colega,
a la vez que rechazaba con ellos una división rígida, conceptual y
física, entre lo sagrado y lo profano (Márquez, 2000: 222; Delibes
et al., 2014: 180; Márquez y Jiménez, 2014: 151-152).
El subrayado ritual, como antítesis reconocida del enfoque
formalista, atañe a la teoría más que a “un problema sobre la
formación del registro arqueológico” (Jáimez y Márquez, 2006:
39). Ello no contradice el potencial crítico de la relectura “emic”
de los indicadores socio-económicos al uso. Pueden adolecer de
otro tipo de apriorismos que sea bueno revisar.
[page-n-3]
“Hoyos” y “recintos” en positivo: construcciones y modelo económico
2. LA FORMACIÓN DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO
COMO “DEPÓSITO ESTRUCTURADO”
Los paleolitistas señalaron, ya en los 1960, que explicar el registro arqueológico en términos históricos exigía comprender
su formación. Tras casi veinte años la percepción se generaliza
entre los prehistoriadores por influencia más o menos directa
y consciente de Binford y su reivindicación de técnicas de
inferencia independientes de las teorías acerca de la dinámica
del pasado. La investigación de Schiffer es el referente reconocido de unos estudios, abordados ahora desde posiciones
no procesuales (González-Ruibal, 2003a: 52; Hardy-Smith y
Edwards, 2004: 255-256). Es el caso de los defensores de los
“depósitos estructurados” (Jiménez y Márquez, 2006: 39-40;
Jiménez, 2007: 475-477), si bien conceptos tafonómicos básicos como “desecho primario” y “secundario”, más que articular un programa empírico específico, organizan la crítica
bibliográfica a los marcadores habituales de “fondos de cabaña” y “silos”. Las obras sobre la “arquitectura inscrita” de la
Europa atlántica inspiran la atribución de un origen ritual a la
formación del registro.
Márquez (2000: 206, 218) asume la antigüedad de la agricultura en el sur de la Península Ibérica pero no que de ella se
sigan procesos inevitables de intensificación de la producción
y acopio de excedentes como reclamaba la interpretación hegemónica de las subestructuras del valle del Guadalquivir.
Opone a este enfoque evolucionista el concepto alternativo
de Neolítico que, desde los 1990 (Márquez, 2000: 217-219),
guía sus estudios sobre el Neolítico final y Calcolítico en el
sureste. Una información arqueológica similar en las sociedades megalíticas dentro y fuera de la península justifica un
modelo explicativo único, menos para las relacionadas con
los asentamientos amurallados y necrópolis tipo Millares y
sus entornos (Márquez, 2000: 206-207, n. 2). En Málaga,
Márquez define un modelo territorial, basado en las necrópolis y los asentamientos, contrastante con el de la Edad del
Bronce. En sitios no prominentes se construyen “fondos de
cabaña” con cubiertas de entramado de cañizo recubierto de
barro. Otras estructuras subterráneas de almacenaje (algunas
“convencionalmente silos”) formarían parte de hábitats de
rasgos similares a los anteriores (Márquez, 2000: 208-211).
Su “invisibilidad espacial” y “la escasa entidad de las construcciones” sugieren que tengan una fase, algo extraño en un
“modo de vida plenamente campesino” pero coherente con
lo conocido sobre los poblados megalíticos en el resto de
Europa (Márquez, 2000: 217).
Jiménez, en artículos posteriores sobre las subestructuras
de la “región clásica”, rechaza que haya dos tipos con y sin
estratigrafía: los procesos que condujeron a su formación y el
contenido arqueológico son muy similares y la distinción morfológica, la única admisible entre “silos” y “fondos de cabaña”, no siempre es posible (Jiménez, 2007: 479, n. 13). Según
Jiménez y Márquez el debate sobre las supuestas viviendas
debería empezar por su tipología. Proponen las “casas-pozo”
hohokam: su base es una fosa excavada y los muros las paredes interiores. A menudo se les superpone alguna otra “‘aérea’
con materiales perecederos o bloques de piedra” (Jiménez y
Márquez, 2006: 43). Fuentes etnográficas y experimentales
definen las condiciones de habitabilidad y los requerimientos
técnicos (Jiménez y Márquez, 2006: 44, 46). A ellas se remite
la evaluación del registro arqueológico. Las subestructuras no
son “casas-pozo”: ni tienen evidencias constructivas (cf. supra
Márquez, 2000), ni espacios adecuados para una ocupación
prolongada, ni una sedimentación paulatina de los niveles de
ocupación (Jiménez, 2007: 478, 489). Su colmatación es acelerada e intencionada. Corresponde a “basureros”, si el relleno
es “masivo y aleatorio” y a contenedores de “actos de significación simbólica”, si hay estratigrafía, a la que los oficiantes
pueden aportar potentes sedimentaciones naturales (Jiménez,
2007: 478-481). Si algunas estructuras tuvieron usos sucesivos, ninguno fue el de “casa-pozo” (Jiménez, 2007: 489).
La breve ocupación que sugiere la lectura vertical de los
rellenos es desconocida en depósitos correspondientes a los
“niveles culturales” de un hábitat (cf. Márquez, 2000: 204205). De ahí derivan los afanes de los colegas en identificar
estratigrafías horizontales (Jiménez, 2007: 481), esfuerzos
fallidos al faltar una conexión estratigráfica directa entre los
depósitos de estructuras cercanas: “de ser fondos de cabañas, nunca habría dos cabañas en uso a la vez” (Jiménez,
2007: 482). A su vez, los pocos años de vida de sus materiales de construcción no se corresponden con los requeridos para “una acumulación tan exagerada” de artefactos y
sedimentos (hasta 2 m de potencia) (Jiménez, 2007: 486).
La relectura pasa, por fin, de las estructuras aisladas a los
“lugares de agregación”. En general de gran extensión están
afectados solo en parte por los episodios destructivos constatados en multitud de pozos tras su cierre (en adelante Jiménez, 2007: 487). Esto hace sospechar que, a menudo, los
procesos postdeposicionales con los que se quiere justificar
que no haya evidencias de “casas-pozo”, sean “fantasmas”,
imaginados por los colegas. Fuera de sospecha quedan las
excavaciones y actividades agrícolas que retiran la “gruesa
capa de tierra, normalmente en un avanzado estado de pedogénesis” que cubre, y oculta, los restos más superficiales de
las estructuras. Pero tal reserva no llega al punto de que las
remociones expliquen la falta de elementos estructurales de
las supuestas cabañas, ni de restos procedentes de sus rellenos, diseminados entre ellas sobre el suelo actual. A escala
micro, y a partir del Polideportivo de Martos (Lizcano et al.,
1997), tampoco la falta de superficies ‘fósiles’ de ocupación
se debe a distorsiones del registro. Las remociones ni afectan
a todas las estructuras, ni eliminan todo el depósito en las
alteradas (Jiménez, 2007: 488): las nivelaciones y remodelaciones internas podrían preservar más que destruir los suelos
de ocupación (Jiménez, 2007: 489).
Márquez y Jiménez declaran la unión de lo sagrado y lo
profano pero enfatizan lo simbólico y ritual (Cámara y Molina, 2015: 106). Una carencia profana notable es la cota de
frecuentación original desde la que se excavaron los “depósitos estructurados”. Solo si se debieran a seres humanos con
otra forma de marcha, la desconexión estratigráfica directa
entre ellos podría explicarse sin procesos postdeposicionales.
Otra rara ausente, decidiéndose el origen ritual o natural de
los depósitos, es la geología (Jiménez, 2007: 478, 480). Ir de
lo secular a lo sagrado facilita más el contraste empírico que
la vía inversa.
405
[page-n-4]
M. I. Martínez Navarrete
3. CAMPESINADO Y VIVIENDAS:
UN PAR DE EJEMPLOS DE LA EUROPA MERIDIONAL
PASADA Y PRESENTE
El punto de partida de quienes estudiamos historia es la unidad de la experiencia humana por la que asumimos respuestas
análogas y, por tanto, rastreables, ante procesos regulares. La
dificultad reside en que su expresión, sin un patrón universal de
racionalidad, varía en cada comunidad. Tras plantear la perspectiva interna y externa como alternativas opuestas para abordar
esa diversidad, ahora su contraste ayuda a repensar los conceptos y estrategias rutinarias de recopilación de datos (GonzálezRuibal, 2003b: 416- 417). Soy partidaria de reflexionar sobre
los sesgos ideológicos que configuran el registro, pero no veo
como alternativa una arqueología prehistórica que pretendiera
asumir la perspectiva de los potenciales estudiados. Los testimonios arqueológicos filtrados por la producción y reproducción social admiten lecturas múltiples o alternativas pero, por su
propia condición física, contradicen las más inverosímiles dado
un cierto contexto histórico. En el tema de la “arquitectura inscrita” el protagonista es un campesinado (Vicent, 1990, 1991:
35-47; Díaz-del-Río, 1995), vinculado de modo ineludible a sus
medios de producción, de los cuales el principal es la tierra. La
inversión de trabajo social para una producción diferida convierte el “paisaje natural” en “paisaje agrario”, haciendo superior el coste del abandono y de una nueva inversión al mantenimiento de una productividad mínima.
Para no extenderme centro mis comentarios (versus sección 2) en un paisaje agrario específico: el de los constructores
de recintos de fosos, descrito en las terrazas en torno a Madrid (Díaz-del-Río, 1995, 2001, 2003). La versión más habitual vincula el poblamiento con ganaderos móviles de ovejas
y cabras que siguen los pastos permanentes situados en los
humedales de la llanura aluvial. Se basa en el alineamiento
de los yacimientos con los cursos de agua, en el mayor número de restos de esas especies que el de vacas y cerdos, en
identificar estabilidad y arquitectura en piedra y en considerar las vegas poco cultivables. El trasfondo es un concepto de
Historia que define las culturas como asociaciones de rasgos
clasificatorios sin articulación funcional. A partir de fuentes
etnográficas, ajenas al medio natural más característico de la
Península Ibérica desde esta fase del Holoceno, y específico
de la Meseta, se define una dicotomía agricultura-sedentarismo y pastoreo-movilidad, interpretada como dualidad de poblaciones. Sin embargo el rasgo propio del campesinado en
la zona mediterránea es la integración de la ganadería en la
economía agraria doméstica como alimento, abono, fuerza de
tiro y transporte (Delibes, 2011). La racionalidad económica
pasa por la falta de especialización, el uso de diversos ecosistemas, el almacenaje y el reciclaje de materia, energía, agua y
residuos. La movilidad a corto, medio o largo plazo que esta
gestión agro-forestal pueda suponer no implica sin remedio
a todo el grupo doméstico. Sus componentes básicos tenderán a acercarse al hábitat agrario, como un ejemplo más de
la minimización de esfuerzo característica de las sociedades
campesinas. Tales estrategias sociales, en conjunto, reducen
la incertidumbre proveniente de una naturaleza impredecible,
manteniendo una amplia heterogeneidad espacial y diversidad
biológica. Su finalidad es inmovilista: el campesino es conservador en lo ecológico y, sobre todo, en lo social. Un rasgo tan
406
connotado en el debate sobre el origen de la desigualdad como
el almacenaje busca, en principio, la seguridad alimentaria y
no una acumulación que conduzca directa e inexorablemente a
la sociedad de clases.
El hábitat agrario es el mejor testimonio del modo de vida
campesino por su relación con la vida social y productiva y con
los aspectos ideológicos y culturales de la misma. Está determinado por las condiciones ambientales más en sentido negativo
(lo excluido) que positivo. Este tópico antropológico tan pertinente en el debate sobre la movilidad de los constructores de la
“arquitectura inscrita” carece, sin embargo, de programas específicos de investigación. En ello influye, como en otras zonas
europeas, el concepto de cambio cultural por sustitución demográfica (Stevanović, 1997: 336) y también el debate citado favorecido por la modestia de los escombros hallados (restos de adobe y de entramados vegetales cubiertos de barro). Como fuente
alternativa de analogías propongo la arquitectura neolítica del
sureste de Europa y la arquitectura popular del barro de la Tierra
de Campos, en la Meseta norte. Ambas cuentan con importantes
tradiciones de estudio. La pertinencia del sureste europeo reside
en su condición de cruce de caminos entre Europa y el Próximo
Oriente, cuna de una arquitectura en barro bien conocida, antigua y ligada a hábitats permanentes. La investigación sobre la arquitectura popular castellana (Maldonado y Vela-Cossío, 2011)
se amplió a partir de los 1980 con iniciativas privadas (Centro
Navapalos, Soria) y públicas (EE.TT.SS. de Arquitectura: Centro de Investigación de Arquitectura Tradicional, Madrid; Grupo
Tierra, Valladolid…), encaminadas a la difusión, conservación
y experimentación con este material de construcción en proyectos de rehabilitación, sostenibilidad y ayuda al desarrollo. Esta
arquitectura tiene raíces medievales y su abandono se relaciona
con el éxodo rural, acelerado en los 1950.
El estudio de Stevanović (1997: 336, 342-344, 354-355) sobre la arquitectura Vinča tiene trascendencia regional dada la
llamativa semejanza en las actividades constructivas de las culturas neolíticas de todo el sureste europeo. En su opinión la casa
es un artefacto en sí misma. Debe ser estudiada como tal en las
4 fases de su vida útil: la construcción (técnicas y materiales),
el uso (organización espacial), el mantenimiento y la destrucción interpretable como una práctica tecnológica deliberada.
La vivienda Vinča está levantada con técnica de encestado y se
vincula con aldeas de ocupación prolongada (en extensión o en
tell). El tipo arquitectónico tuvo un uso mínimo hasta el Neolítico antiguo. Su tecnología moviliza materiales antes inexistentes
como cantidades masivas de arcilla, obtenidas en excavación,
mezcladas con agua y restos orgánicos como la cascarilla y paja
de los cultivos. Requiere una organización de complejidad adecuada y el acceso a los materiales y a la zona edificable. Dado
el peso de las arcillas y la limitación del transporte se cree que
su extracción tuvo un efecto concatenado en las aldeas: los pozos de forma oblonga y los desplazamientos horizontales de las
viviendas. Este hábitat aéreo se prefiere de manera creciente al
subterráneo y semisubterráneo.
El análisis de la arquitectura en barro castellana considera
las mismas fases que acabamos de citar, incluyendo la cuarta
de demolición y eliminación de residuos (Sánchez, 2000: 1316; Cortés, 2013: 191-194). En todas impera el principio del
mínimo esfuerzo y mayor proximidad con el máximo aprovechamiento y mínimo costo. La edificación sirve como residen-
[page-n-5]
“Hoyos” y “recintos” en positivo: construcciones y modelo económico
cia y unidad mínima de producción, acoge al ganado y sirve
de almacén. También la tecnología refuerza la adaptación a las
condiciones ambientales: la disponibilidad y proximidad de los
materiales de extracción (sobre todo arcilla y cal) y del agua es
decisiva al minimizar el gasto energético por acarreo. Culturalmente las construcciones son los elementos identitarios más
significativos del paisaje. Implican la transmisión oral de conocimientos para la selección de las técnicas constructivas y estrategias proyectuales más funcionales y económicas. Socialmente
el patrón de explotación agraria de la arquitectura popular logra
una gran cohesión al generar espacios para la vida en común.
El proceso constructivo no permite una disociación nítida
de las dimensiones ambientales y económicas. Su fin es la simplificación tecnológica y la reducción de componentes que se
combinan, según la altura del edificio, para lograr la máxima
efectividad del conjunto. Los materiales son la piedra, el barro
crudo y la madera. La piedra requiere poca transformación y
mantenimiento y es duradera. Se emplea en los zócalos, en la
primera hilada del tapial o, como cantos, en otras escalonadas
en los muros. El barro es la base de los muros de tapial y adobe
y sirve como mortero, revoque, relleno de encestados y piso.
El tapial se hace con tierras arenosas graduadas con arcilla que
actúa de conglomerante. Se prepara dejando las tierras centenales en montones a la intemperie al menos de otoño a otoño para
airear las arcillas y eliminar toda materia orgánica, susceptible
de germinar y debilitar los muros. Los cajones se rellenan en
tandas con tierra humedecida cuya consistencia suele aumentarse con paja de centeno. La masa se prensa para evitar huecos,
sin que pase mucho tiempo entre cada hilada. El adobe es más
manejable que el tapial. La arcilla procede del barrero y se criba
para quitar impurezas. Se fortalece mezclándola con paja, cal,
arena o estiércol y pisándola con algo de agua. El estiércol se
ha extraído de las cuadras y dejado orear en pequeños montones antes de usarlo. La masa resultante se mete en la gradilla.
Se aprieta bien, se rasa, se extrae del molde y se deja secar al
sol. Conviene hacer el adobe en primavera y otoño: en verano las altas temperaturas agrietarían el barro, y en invierno hay
problemas de humedad y frío. Las otras aplicaciones del barro
exigen también su preparación. Se trae del barrero más cercano
y se deja orear unos días. Luego se ara, macha, pisa o muele. Se
mezcla con el agua y se soba para que la masa sea moldeable y
se endurece con greda cribada.
La arquitectura en barro sustituye los alzados con estructuras ligeras por potentes muros de carga (entre 45 y 60 cm) que
asumen la labor portante. La fragilidad del barro al viento y la
lluvia impone esa masividad, el cuidado periódico y la reposición de los revocos cada pocos años. La contrapartida son las
propiedades bioclimáticas de los muros: su gran aislamiento
e inercia térmica. La adición de material fibroso como la paja
trillada, en los muros y en los acabados, frena su tendencia a
resquebrajarse por retracción y aporta mayor resistencia mecánica a flexión. Contrarresta la acción del sol y la lluvia y mejora el comportamiento térmico del material, ya que las briznas
de paja funcionan como pequeñas cámaras de aire con gran
capacidad aislante.
La madera es imprescindible en la estructura general del
edificio (armaduras de las cubiertas, viguería, entramados de
paredes y tabiques, escaleras, barandillas) y en la carpintería
(puertas, ventanas, mobiliario). Se emplea como enramado (en
techumbres, paramentos y estructuras recubiertas de barro), tablón (suelos y protección de muros de barro) y en rollo, descortezado o al natural. Se usan los árboles locales, p. ej., chopos
en los páramos y en Tierra de Campos. Se talan al principio del
otoño-invierno cuando, casi sin savia, aprietan las fibras. En la
construcción se usan secos pero, antes, el rollo se deja a orear a
la intemperie en el almacén o lugar de la obra para que se empape de lluvia, se lave y se endurezca. Después se trocea y, en su
caso, escuadra y cepilla. La durabilidad de la madera (entre 3 y
500 años) depende de la especie y de las condiciones de conservación (contacto con el suelo, aireación, sequedad).
Otro rasgo de la arquitectura popular es que el grupo familiar solo, o con apoyo vecinal, construye y realiza las tareas
campesinas, lo que requiere una permanencia anual mínima
para alternarlas y combinarlas. Los recursos ambientales y
agrarios empleados en la vivienda se incorporan a los campos
cultivados en su cuarta fase de vida útil: la demolición y eliminación de residuos.
4. LA FORMACIÓN DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO
COMO ESCOMBRO
“Desecho” y “basura” son conceptos relativos. Cada sociedad
tiene los suyos, incluyendo la primacía del componente ideológico sobre cualquier otro (mal de ojo, menstruaciones, hechizos
ruptura de tabúes…). Pero la mayoría del tiempo la gente estuvo
disponiendo la basura de un modo muy conveniente: dejándola
simplemente donde caía (Rathje y Murphy, 1992: 32-33). Solo
mucho después de hacernos sedentarios, la basura empezó a ser
un problema. Las comunidades campesinas tienen excedentes
limitados y los elementos descartados, en general orgánicos,
son reciclables. La situación es similar en muchas sociedades
preindustriales donde “no se tira nada e incluso lo aparentemente más inservible se guarda para posibles usos insospechados”
(González-Ruibal, 2003a: 63). La distinción entre abandonados
planeados y no planeados y entre los que prevén o no retorno
es relevante a este respecto pero, en general, el despoblamiento
es un “proceso que va desde la ocupación como residencia a
tiempo total hasta el abandono irreversible” (González-Ruibal,
2003a: 59, 57; Hardy-Smith y Edwards, 2004: 256).
Las recuperaciones de artefactos (piezas metálicas, molinos, ídolos…) tras dejar una estructura tienen gran potencial
de distorsión del registro, si buscamos indicadores de esferas
concretas de la vida social. En cambio, para explicar el proceso
de formación de un yacimiento lo relevante es la extracción de
elementos de la arquitectura como vigas o postes (GonzálezRuibal, 2003a: 65) y la de sus propios escombros si el edificio
es de tierra. Los primeros manuales de labranza europeos (Anónimo, 1860: 13-14) incluían entre el abonado unas mezclas de
tierras, reconocibles en la composición de tapias y adobes (sección 3): tierra y marga gredosa para el terreno arenoso; tierra y
marga arenosa y caliza, yeso de demoliciones para el gredoso
o arcilloso… Los blogs sobre pueblos castellanos recogen testimonios de antiguos agricultores para los que la tierra infértil
durante muchos años, procedente de tirar los edificios de barro,
mejora los huertos y los campos pedregosos o con surgencias.
No he encontrado datos arqueológicos relativos al abonado con aporte mineral pero Poirier y Nuninger (2012: 10,
12-13, 5), aun sin planteárselo, ofrecen elementos para con407
[page-n-6]
M. I. Martínez Navarrete
siderar su empleo: a) los testimonios de la antigüedad del estercolado (IV milenio BC en Suiza), b) los trozos de cerámica incorporados al estiércol que pudieron llegar también en
los escombros de tapial y adobe y c) una cadena detallada de
inferencias que condiciona que haya o no artefactos fuera del
yacimiento (Poirier y Nuninger, 2012: 20, Fig.7). Los autores
aluden a la frecuencia con la que cacharros rotos y materiales
de construcción caen con los otros desechos en los montones
de estiércol, en general, situados junto al hábitat. Tras estercolarse los campos y descomponerse la materia orgánica,
esos restos antrópicos serían el único testigo de la práctica
del abonado. El estercolamiento sea cual fuere la regularidad
en su práctica y el modo de transporte utilizado prioriza las
huertas a menos de un km del hábitat pero puede llegar hasta
un radio de 1 a 2 km del mismo (Poirier y Nuninger, 2012:
15-16). Las fuentes etnográficas, los textos agronómicos latinos y la iconografía antigua (en parihuelas), medieval (en
cuévanos) atestiguan el transporte de pequeñas cantidades
regulares de abono a parcelas incluso más alejadas. En suma,
los campos se pueden fertilizar sin recurrir a la tala y quema,
pero optar por esa alternativa implica replantearse la breve
permanencia del hábitat y la ganadería móvil y precisar el
almacenado de los recursos agrícolas.
5. REFLEXIONES FINALES SOBRE EL ESTADO
DE LA CUESTIÓN Y ALGUNAS ALTERNATIVAS
Nuestras interpretaciones defienden de modo bastante apriorístico disyuntivas que los aspectos concretos del registro
ayudan a reconocer como falsas. Los restos arqueológicos
evidencian la combinación de materiales en la arquitectura
del hábitat o de ciertos edificios, y cómo la durabilidad de
los más frágiles (barro, madera) es más contextual (tecnología, posición en el edificio) que intrínseca. La dimensión
ceremonial de los “agujeros negros”, sugerida por el hallazgo
de enterramientos, ídolos, piezas de oro (Murillo-Barroso et
al., 2015), tiene su sentido en el marco de la “ritualización
de la vida doméstica”, según R. Bradley, propia de las sociedades campesinas (Delibes, 2011: 16). La especialización de
la investigación arqueobiológica sobre agricultura y ganadería justifica abordar por separado las respectivas evidencias.
Pero mantener esta estrategia al caracterizar la economía
agraria, proyecta una imagen errónea de las sociedades campesinas (sección 3). Es raro, por ejemplo, leer que la ganadería basada en múltiples cabañas se asocia indefectiblemente
con núcleos agrícolas asentados sobre tierras de cultivo más
o menos fértiles (Liesau y Morales, 2012: 122). Lo habitual
es la dualidad automática cultivos-asentamientos permanentes y ganado-movilidad. Pero la versatilidad residencial de
los agricultores es tan conocida (Hardy-Smith y Edwards,
2004: 257, 272) como discutida la pertinencia de los indicadores arqueológicos “a muy corto plazo” (estacionales,
anuales…), dados los límites de precisión de nuestros métodos radiométricos (de décadas a centurias). Lo más ventajoso sería combinarlos con otras variables. Delibes (2011: 17)
propone inferir la estabilidad del asentamiento de la fuerza
de trabajo invertida en excavar fosos en gredas pesadas y con
la sencilla tecnología a mano. Quizá esa inversión se pudiera valorar al modo como algunos autores han calculado las
408
arcillas necesarias para levantar los muros de las viviendas
LBK (en Stevanović, 1997: 354). También se puede aproximar la permanencia del poblado conectándola con el tiempo
impuesto por el ciclo agrícola pecuario y vegetativo de cada
especie identificada y con la preparación de los materiales de
construcción. Antes de rechazar la pertinencia del segundo,
por ausencia de granos de cereal, se puede intentar rastrear
su cultivo reciclando la estrategia experimental y analítica
de Stevanović (1997: 353-361). Su fin es determinar si la
destrucción por fuego de los poblados Vinča es intencional.
Estudia los escombros de cuatro casas del de Opovo donde
muestrea el peso de las arcillas y estima la madera, las cañas
y los restos de plantas y granos de cereal empleados, tras una
cuidadosa revisión de las improntas. El entorno del poblado
no parece adecuado para el cultivo pero los considerables
restos vegetales añadidos al barro expresarían una estrecha
interdependencia entre agricultura y forma doméstica de
vida. Otra medida empírica de la duración del asentamiento
sería la presión antrópica expresada en las secuencias polínicas (Delibes, 2011: 18).
Un aspecto específico de la temporalidad se relaciona con
la dificultad de identificar estratigrafías horizontales por la indefinición del propio hábitat (sección 1) y la desaparición de
la cota de frecuentación original (sección 2). Lo habitual es
que ignoremos qué representan las catas excavadas respecto
a la superficie total del yacimiento y a su variabilidad interna
(temporal y/o social, económica política, ideológica). La particularidad actual es que la combinación de prospección aérea
y datos geomagnéticos de alta resolución revela, a veces con
sorprendente precisión (Rassman et al., 2014), la completa
planimetría de los asentamientos con subestructuras. Sus dimensiones y complejidad dejan en evidencia la inadecuación
de las estrategias más generalizadas de intervención arqueológica para controlar ese registro y confirman las intuiciones
más pesimistas sobre la parcialidad de lo que conocemos. Una
alternativa ventajosa a escala micro es el desarrollo de técnicas
de muestreo para la excavación, como ha demostrado su aplicación en la compleja mina neolítica de sílex de Casa Montero
(Díaz-del-Río et al., 2007). El estudio del paisaje agrario, en
cambio, exige una modelización espacial a otras escalas (Poirier y Nuninger, 2012). Se debe a Gilman la primera, y más influyente, basada en el materialismo histórico y propuesta para
el sureste de la Península Ibérica (Gilman y Thornes, 1985).
Es una de las fuentes del “modelo factorial del paisaje” de Vicent (1991) todavía pionero por su carácter experimental que
le hace susceptible de soportar la aplicación de técnicas matemáticas de modelización y simulación estadística. Estamos
en el mejor momento para dejar por fin atrás los apriorismos,
falsas disyuntivas y visiones monolíticas, sea cual sea el sesgo
escogido.
AGRADECIMIENTOS
Estoy en deuda con los organizadores de este homenaje a B. Martí
Oliver por invitarme y, en concreto, con J. Juan Cabanilles por su
apoyo durante la redacción del texto. Su temática se contextualiza
en el proyecto HAR2013-47776-R (2013-2016). Debo a su I.P., P.
Díaz-del-Río, a V. Mayoral (IAM, CSIC), C. Ortiz, I. Sastre, J. Vicent (IH, CCHS-CSIC), orientaciones de gran utilidad. Soy la única
responsable del resultado. C. Varela tradujo los textos en francés.
[page-n-7]
“Hoyos” y “recintos” en positivo: construcciones y modelo económico
BIBLIOGRAFÍA
ANÓNIMO (1860): Manual de labranza traducido del francés
para las bibliotecas populares. Imprenta del Ferrocarril, Santiago [de Chile].
ARRIBAS, A. y MOLINA, F. (1984): “Estado actual de la investigación del megalitismo en la Península Ibérica”. En Scripta
Praehistorica Francisco Jordá Oblata. Universidad de Salamanca, Salamanca, p. 63-112.
BALSERA, V.; BERNABEU, J.; COSTA-CARAMÉ, M.; DÍAZDEL-RÍO, P.; GARCÍA SANJUÁN, L. y PARDO, S. (2015):
“The radiocarbon chronology of southern Spain’s Late Prehistory (5600–1000 cal BC): a comparative view”. Oxford Journal
of Archaeology, 34 (2), p. 139-156.
BERNABEU, J.; AURA, J.E y BADAL, E. (1993): Al oeste del
Edén. Las primeras sociedades agrícolas en la Europa mediterránea. Síntesis, Madrid.
BERNABEU, J.; OROZCO, T. y DIEZ, A. (2012): “Mas d’Is y las
construcciones con fosos del VI al III milenio cal a.C.”. MARQ
Arqueología Museos, 05, p. 53-72.
BERNABEU, J.; PASCUAL, J.L. y GUITART, I. (1989): “Reflexiones en torno al patrón de asentamiento en el País Valenciano entre el Neolítico y la Edad del Bronce”. Saguntum, 22,
p. 99-124.
CÁMARA, J.A. y MOLINA, F. (2015): “Indicadores de conflicto
bélico en la Prehistoria reciente del cuadrante sudeste de la
Península Ibérica: el caso del Calcolítico”. Cuadernos de
Prehistoria y Arqueología de Granada, 23 (2013), p. 99-132.
CORTÉS, J. (2013): “La arquitectura popular como modelo de edificación sostenible. El ejemplo de Tierra de Campos”. Observatorio Medioambiental, 16, p. 185-206.
DELIBES, G. (2011): El pan y la sal. La vida campesina en el
valle medio del Duero hace cinco mil años. [Discurso del
académico electo] Real Academia de Bellas Artes de la Purísima
Concepción de Valladolid, Valladolid, 48 p.
DELIBES, G.; GARCÍA, M.; OLMO, J. del y SANTIAGO, J.
(2014): Recintos de fosos calcolíticos del Valle Medio del Duero: Arqueología aérea y espacial. Studia Archaeologica 100,
Universidad de Valladolid, Valladolid, 216 p.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (1995): “Campesinado y gestión pluriactiva
del ecosistema: un marco teórico para el análisis del III y II milenios a.C. en la Meseta peninsular”. Trabajos de Prehistoria,
52 (2), p. 99-109.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (1999): “La arqueología madrileña en el
contexto del libre mercado: perspectivas y retos desde la
cooperación entre antagonistas”. Actas XXV Congreso Nacional
de Arqueología (Valencia 1999). Diputación de Valencia,
Valencia, p. 138-141.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (2001): La formación del paisaje agrario: Madrid en el III y II milenios BC. Arqueología, Paleontología y
Etnografía 9, Serie de la Consejería de las Artes, Comunidad de
Madrid, Madrid, 389 p.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (2003): “Recintos de fosos del III milenio
AC en la Meseta peninsular”. Trabajos de Prehistoria, 60 (2),
p. 61-78.
DÍAZ-DEL-RÍO, P.; VICENT, J.M.; LÓPEZ-ROMERO, E. y
TORRE, I. de la (2007): “Diseño de un muestreo sistemático
para la excavación de la mina neolítica de Casa Montero (Madrid)”. Actas de las Segundas Jornadas de Patrimonio Arqueológico en la Comunidad de Madrid. Dirección General de Patrimonio Histórico, Madrid, p. 194-200 (http://www.casamontero.
org/rec_publi.html).
FÁBREGAS VALCARCE, R.; BONILLA RODRÍGUEZ, A. y
CÉSAR VILA, M. (2007): Monte dos Remedios (Moaña, Pontevedra). Un asentamiento de la prehistoria reciente. Tórculo
Edicións, Santiago de Compostela.
GARCÍA, O.; BARTON, C.M. y BERNABEU, J. (2008): “An integrated program of geophysical survey, coring, and test excavations
to study a 4th millennium bc-cal ditch at Alt del Punxó (Muro de
l’Alcoi, Alacant)”. Trabajos de Prehistoria, 65 (1), p. 143-154.
GIANOTTI, C.; MAÑANA-BORRAZÁS, P.; CRIADO-BOADO,
F. y LÓPEZ-ROMERO, E. (2011): “Deconstructing Neolithic
Monumental Space: the Montenegro Enclosure in Galicia
(Northwest Iberia)”. Cambridge Archaeological Journal, 21 (3),
p. 391-406.
GILMAN, A. y THORNES, J.B. (1985): Land-use and Prehistory
in Southeast Spain. George Allen & Unwin, London, p. 217.
GONZÁLEZ RUIBAL, A. (2003a): La experiencia del Otro. Una
introducción a la etnoarqueología. Akal, Barcelona, 192 p.
GONZÁLEZ RUIBAL, A. (2003b): “Desecho e identidad: etnoarqueología de la basura en Galicia”. Gallaecia, 22, p. 413-440.
HARDY-SMITH, T. y EDWARDS, Ph.C. (2004): “The Garbage
Crisis in prehistory: artefact discard patterns at the Early Natufian
site of Wadi Hammeh 27 and the origins of household refuse
disposal strategies”. Journal of Anthropological Archaeology,
23, p. 253-289.
JIMÉNEZ, V. (2007): “La Premisa Pompeya y las ‘cabañas
semisubterráneas’ del sur de la Península Ibérica (IV-III milenios A.C.)”. Mainake, XXIX, p. 475-492.
JIMÉNEZ, V. y MÁRQUEZ, J.E. (2006): “‘Aquí no hay quien
viva’. Sobre las casas-pozo en la Prehistoria de Andalucía durante el IV y el III milenios AC”. Spal, 15, p. 39-49.
LIESAU, C. y MORALES, A. (2012): “Las transformaciones
económicas del Neolítico en la Península Ibérica: la ganadería”.
En M. Rojo, R. Garrido e I. García-Martínez (eds.): El Neolítico
en la Península Ibérica y su contexto europeo. Cátedra, Madrid,
p. 107-128.
LIZCANO, R.; CÁMARA, J.A.; RIQUELME, J.A.; CAÑABATE,
M.L.; SÁNCHEZ, A. y AFONSO, J.A. (1997): “El Polideportivo
de Martos. Producción económica y símbolos de cohesión en
un asentamiento del Neolítico final en las campiñas del Alto
Guadalquivir”. Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de
Granada, 16-17 (1991-92), p. 5-101.
MALDONADO, L. y VELA-COSSÍO, F. (2011): “El patrimonio
arquitectónico construido con tierra. Las aportaciones historiográficas y el reconocimiento de sus valores en el contexto de
la arquitectura popular española”. En S. Bestraten y E. Hormías
(coords.): La tierra, material de construcción. Informes de la
Construcción, vol. 63, nº 523, p. 71-80.
MÁRQUEZ, J.E. (2000): “Territorio y cambio durante el III milenio
a.C.: propuestas para pensar el tránsito del Calcolítico a la Edad
del Bronce”. Baetica, 22, p. 203-230.
MÁRQUEZ, J.E. (2001): “De los ‘campos de silos’ a los ‘agujeros
negros’: sobre pozos, depósitos y zanjas en la Prehistoria Reciente
del Sur de la Península Ibérica”. Spal, 10, p. 207-220.
MÁRQUEZ, J.E. y JIMÉNEZ, V. (2010): Recintos de fosos.
Genealogía y significado de una tradición en la Prehistoria del
suroeste de la Península Ibérica (IV-III milenios AC). Servicio
de Publicaciones, Universidad de Málaga, Málaga, 588 p.
MÁRQUEZ, J.E. y JIMÉNEZ, V. (2014): “Recent Prehistory
Enclosures & funerary practices: some remarks”. En A.C. Valera
(coord.): Recent Prehistoric Enclosures and Funerary Practices
in Europe. BAR, International Series 2676, Archaeopress,
Oxford, p. 149-154.
409
[page-n-8]
M. I. Martínez Navarrete
MÁRQUEZ, J.E.; VALERA, A.C.; BECKER, H.; JIMÉNEZ, V. y
SUÁREZ, J. (2011): “El Complexo Arqueológico dos Perdigões
(Reguengos de Monsaraz, Portugal). Prospecciones Geofísicas Campañas 2008-09”. Trabajos de Prehistoria, 68 (1), p. 175-186.
MARTÍ, B. y BERNABEU, J. (2012): “La vida doméstica en
el Neolítico peninsular: los lugares de asentamiento”. En M.
Rojo, R. Garrido e I. García-Martínez de Lagrán (eds.): El
Neolítico en la Península Ibérica y su contexto europeo. Cátedra, Madrid, p. 129-141.
MARTÍN DE LA CRUZ, J.C. (1985): Papa Uvas I. Aljaraque,
Huelva. Campañas de 1976 a 1979. Excavaciones Arqueológicas en España, 136, Ministerio de Cultura, Madrid, 274 p.
MARTÍNEZ NAVARRETE, M.I. (1985): La Edad del Bronce
en la Submeseta suroriental: una revisión crítica. Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid. http://hdl.handle.
net/10261/42385 (consulta 19-1-2015).
MURILLO-BARROSO, M.; COSTA, M.E.; DÍAZ-GUARDAMINO, M.; GARCÍA y MORA, C. (2015): “A reappraisal of Iberian Copper Age goldwork: craftmanship, symbolism and art in
a non-funerary gold sheet from Valencina de la Concepción”.
Cambridge Archaeological Journal, mayo, p. 1-32, doi:10.1017/
S0959774314001127.
OLMO, J. del (1999): “Arqueología aérea en Castilla y León”. Revista de Arqueología, 20, 215, p. 45-49.
PASCUAL BENITO, J.L.; BERNABEU, J. y PASCUAL
BENEYTO, J. (1993): “Los yacimientos y las estructuras”. En
J. Bernabeu (dir.): “El III milenio a.C. en el País Valenciano.
Los poblados de Jovades (Cocentaina) y Arenal de la Costa
(Ontinyent)”. Saguntum, 26, p. 25-46.
PELLICER, M. (1986): “El cobre y el bronce pleno en Andalucía
occidental”. En Homenaje a Luis Siret (1934-1984). Junta de
Andalucía, Sevilla, p. 245-250.
POIRIER, N. y NUNINGER, L. (2012): “Techniques d’amendement
agraire et témoins matériels: pour une approche archéologique
des espaces agraires anciens”. Histoire & Sociétés Rurales, 38
(2), p. 1-28.
410
RASSMANN, K.; OHLRAU, R.; HOFMANN, R.; MISCHKA, C.;
BURDO, N.; VIDEJKO, M.Yu. y MÜLLER, J. (2014): “High
precision Tripolye settlement plans, demo-graphic estimations
and settlement organization”. Journal of Neolithic Archaeology,
2014, p. 96-134.
RATHJE, W.L. y MURPHY, C. (1992): Rubbish!: The Archaeology
of Garbage. Harper Collins, New York.
SÁNCHEZ, M. (2000): “Arquitectura popular de Castilla y León.
Procesos constructivos, técnicas y materiales utilizados en época preindustrial”. Revista de Folklore, 235, p. 3-19.
SOLER, J. (2013): “A nueve décadas de Villa Filomena. Luces y
sombras del proceso de investigación de los poblados con hoyos
del Neolítico y el Calcolítico Valenciano”. En J. Soler (dir.):
Villa Filomena, Vila-real (Castellón de la Plana), memoria
de una excavación nonagenaria. Un poblado de hoyos con
campaniforme. Servei d’Investigacions Arqueològiques i
Prehistòriques, Castelló, p. 31-78.
VICENT, J.M. (1990): “El Neolític: tranformacions socials i
econòmiques”. En J. Anfruns y E. Llobet (eds.): El canvi cultural
a la Prehistòria. Columna, Barcelona, p. 241-293.
VICENT, J.M. (1991): “Fundamentos teórico-metodológicos para
un programa de investigación arqueo-geográfica”. En P. López
(ed.): El cambio cultural del IV al II milenios A.C. en la comarca
noroeste de Murcia. CSIC, Madrid, p. 31-117. http://hdl.handle.
net/10261/9427.
WHEATLEY, D.; STRUTT, K.; GARCÍA, L.; MORA, C. y
PEINADO, J. (2012): “New evidence on the spatial organization
of the Valencina de la Concepción Copper Age settlement:
geophysical survey between La Pastora and Montelirio”.
Trabajos de Prehistoria, 69 (1), p. 65-79.
ZAFRA, N.; HORNOS, F. y CASTRO, M. (1999): “Una macroaldea en el origen del modo de vida campesino: Marroquíes
Bajos (Jaén) c. 2500-2000 cal. ANE”. Trabajos de Prehistoria,
56 (1), p. 77-102.
[page-n-9]
Del neolític a l’edat del bronze en el Mediterrani occidental.
Estudis en homenatge a Bernat Martí Oliver.
TV SIP 119, València, 2016, p. 403-410.
“Hoyos” y “recintos” en positivo:
construcciones y modelo económico
M. Isabel Martínez Navarrete
resumen
“Silos”, “fondos de cabaña” y “basureros” son subestructuras que, en la Prehistoria reciente, se creen testimonios o de aldeas
agrícolas permanentes o de depósitos rituales realizados en lugares donde se reúnen grupos móviles. El inicio de la economía
campesina es el trasfondo teórico del debate al que el texto contribuye desde una perspectiva externa. Tras sintetizar la
historiografía sobre las subestructuras, se revisa la lectura cultual de los procesos de formación del registro. El contrapunto
es una definición del campesinado basada en la inversión de trabajo social en la tierra. Asumiendo el hábitat agrario como su
mejor testimonio, se propone la arquitectura en tierra neolítica del sureste europeo y tradicional de la Meseta norte como una
analogía pertinente para interpretar las subestructuras de la Península Ibérica. Se aboga por diseñar la excavación mediante
técnicas estadísticas de muestreo y por formalizar los modelos interpretativos de manera que sea posible determinar la
representatividad del registro y evitar los apriorismos y falsas disyuntivas sociales que lastran el estado actual de la cuestión.
p a l a b r a s c l a v e : Estructuras
negativas, campesinado, arquitectura en barro, historiografía, perspectiva externa, análisis
comparativo, Península Ibérica, Mediterráneo occidental, Neolítico, Calcolítico, Prehistoria reciente.
résumé
“Fosses” et “enceintes” en positif : constructions et modèle économique. Des “silos”, “fonds de cabanes” et “réservoirs
d’ordures” sont des sous-structures qui, dans la Préhistoire Récente, sont interprétées comme témoignages de villages agricoles
permanents ou comme des dépôts rituels dans des lieus où sont réunis des groupes semi-nomades. Le départ de l’économie
paysanne est le fond théorique du débat auquel le texte il contribue, d’un point de vue externe. Après avoir synthétisé
l’historiographie sur les sous-structures, il est révisé la lecture cultuelle des procès de formation du registre. Le contrepoint
est une définition du système paysan basé dans l’investissement de travail social dans la terre. En assumant l’habitat agricole
comme son meilleur témoignage, on propose l’architecture en terre néolithique du sud-est européen et traditionnel du Plateau
Nord comme une analogie pertinente pour interpréter les sous-structures de la Péninsule Ibérique. On plaide pour concevoir
l’excavation au moyen de techniques statistiques d’échantillonnage et pour formaliser les modèles interprétatifs de sorte qu’il
soit possible de déterminer la représentativité du registre et éviter les apriorismes et fausses disjonctives sociales qui lestent
l’état actuel de la question.
: Fossés, système paysan, architecture en boue, historiographie, perspective externe, analyse comparatif,
Péninsule Ibérique, Méditerranée occidental, Néolithique, Chalcolithique, Préhistoire Récent.
mots clés
1. INTRODUCCIÓN
Las estructuras denominadas “silos”, “fondos de cabaña”, “basureros” y “hoyos” son espacios subterráneos o semisubterráneos excavados artificialmente, rellenos de materiales arqueológicos y sedimentos predominantemente cenicientos. En la actualidad identifican a los yacimientos de la Prehistoria reciente,
localizados en los valles fluviales o en altozanos próximos a
cursos de agua (Márquez y Jiménez, 2010; Bernabeu, Orozco
y Diez, 2012; Soler, 2013; Delibes et al., 2014). El estudio de
estos “agujeros negros” (Márquez, 2001) es de potencial interés
general por su amplia distribución territorial y cronológica en la
Península Ibérica. La investigación más reciente ha reforzado
ese interés en particular al revitalizar el debate que conecta la
interpretación funcional de las subestructuras con la movilidad,
la economía, la organización de las primeras sociedades productoras y su impacto en el territorio. Mi contribución se centrará
en las vertientes teórico-metodológicas. Está en deuda con la
atención del grupo de investigación donde me integro por las
primeras sociedades campesinas (Vicent, 1990, 1991) y por el
“registro en negativo” madrileño (Martínez Navarrete, 1985:
884-911; Díaz-del-Río, 2001, 2003).
Desde su identificación inicial se han sucedido asignaciones funcionales con poco contraste arqueológico, inspiradas en
las conceptualizaciónes vigentes sobre la supuesta actividad de
las comunidades prehistóricas que las excavaron. A fines del siglo XIX el referente eran los agricultores de la “Cultura de los
silos del Guadalquivir” (Márquez, 2001: 208). Tras una década
se incorporan los “fondos de cabaña”, excavados en las terrazas
del Manzanares y Jarama en torno a Madrid. Quizá por haberse
403
[page-n-2]
M. I. Martínez Navarrete
estudiado en el marco de la institucionalización de la Prehistoria
más antigua, previo a la Guerra Civil, se concibieron sin problema como viviendas ocupadas por cazadores, conocedores de la
ganadería y cultivadores, con cerámicas decoradas de la “Cultura
de las cuevas” (Martínez Navarrete, 1985: 834, 841, 843). La investigación en ambas zonas de la Península Ibérica irá consolidando una visión social contrapuesta: comunidades estables con
almacenes agrícolas y viviendas semiexcavadas al Sur y ganaderas móviles con “basureros” a ambos lados del Sistema Central.
En la década de los 1970 se multiplican las excavaciones por
toda España y con ellas la identificación de subestructuras. Entre
1975 y 1979 se actúa en yacimientos clave en peligro: Valencina
de la Concepción, Papa Uvas (Martín de la Cruz, 1985: 46, 184),
la Pijotilla (Hurtado, 1991: 45) y Las Pozas (Delibes et al., 2014:
86). Además de los “hoyos” tenían zanjas alargadas a las que se
asignaron usos muy diversos, cuyos rellenos incluían artefactos
(Márquez, 2001: 211). Unos y otras se integraron en la visión
desarticulada de los yacimientos del momento, muy condicionada por la presión de los propietarios del suelo para reducir el
tiempo de las intervenciones y constreñirlas a sondeos dispersos
en unos terrenos sin delimitación arqueológica (Arribas y Molina, 1984: 91; Pellicer, 1986: 245-246). Los cambios se aceleran
por esas fechas. Las administraciones públicas ibéricas fijan los
criterios de tutela de los sitios arqueológicos, incorporan nuevos
agentes (empresas y profesionales no funcionarios) y generalizan
la planificación. Las Comunidades Autónomas españolas, en uso
de sus nuevas competencias, combinan las políticas preventivas
de protección del patrimonio con la atención a los imperativos
urbanísticos. En poco tiempo se rebajan grandes superficies, identificando muchos yacimientos en extensión y definiendo mejor
otros (Díaz-del-Río, 1999; Zafra, Hornos y Castro, 1999: 78; Soler, 2013: 79, 81; Delibes et al., 2014: 10).
Este registro fundamental se completa con el procedente de
las prospecciones para los inventarios arqueológicos. La Junta de
Extremadura financia las iniciativas pioneras, promovidas por V.
Hurtado (1991: 45-47) de la Universidad de Sevilla, en La Pijotilla: un vuelo fotogramétrico en 19841 y una prospección arqueomagnética para orientar la cuadriculación de la excavación
en 1990. La prospección aérea detecta un recinto completo delimitado por zanjas “con un diámetro de 900 m” y una superficie
calculada en “más de 80 Ha” (Hurtado, 1991: 60). Como resultado, La Pijotilla se equipara con “Valencina de la Concepción,
el único publicado de la Península Ibérica que lo supera en extensión”. Este posible centro de jerarquización del poblamiento
en la Cuenca Media del Guadiana, más longevo de lo supuesto,
alberga en su perímetro necrópolis, cabañas, silos y, quizás, el territorio de explotación agrícola (Hurtado, 1991: 66). Desde 1993,
la Junta de Castilla y León emplea la prospección aérea en sus inventarios regionales (Olmo [1999]: 48-49) y, en 1997, el Instituto
Portugués del Patrimonio Arquitectónico en el proyecto de A. C.
Valera - empresa Era-Arqueología en Perdigões. Las imágenes
definen un poblado de 16 ha, delimitado por varios fosos. El más
externo abraza la necrópolis (Márquez et al., 2011: 176-178). Las
costosas prospecciones geofísicas, microsondeos y catas se retoman más tarde con universidades extranjeras y/o especialistas,
1 Directora General de Patrimonio Cultural, Milagro Gil-Mascarell
(1984-1986).
404
precisando estas arquitecturas a escala local (García, Barton y
Bernabeu, 2008; Bernabeu, Orozco y Diez, 2012: 54; Wheatley
et al., 2012) y regional (Delibes et al., 2014).
En paralelo, manejar el registro neolítico y calcolítico de
otros países europeos (Bernabeu et al., 1989: 112, 114; Lizcano
et al., 1997: 23; Díaz-del-Río, 2001: 208; Márquez, 2001: 209)
favorece que las zanjas se planteen como elementos delimitadores (Arenal de la Costa, en Pascual Benito, Bernabeu y Pascual
Beneyto, 1993: 42, 45). Los asentamientos excavados en el área
valenciana y el de Papa Uvas pasan ya a algún manual universitario como poblados con fosos del “VI-V milenio BP” (Bernabeu, Aura y Badal, 1993: 292-293). Esta iniciativa multiplica
el impacto de la nueva visión del poblamiento. En la Meseta
Díaz-del-Río (2001: 208-209) define los primeros recintos circulares al excavar en extensión Las Matillas y Gózquez (1998
y 1999) y valora su semejanza formal con los de la cuenca del
Duero (Olmo, [1999]: 44-45, 49), reforzada por las fechas de
Gózquez y Las Pozas.
La nueva interpretación de las zanjas, algunas muy antiguas
(VI milenio cal a.C., en Mas d’Is, Bernabeu, Orozco y Diez,
2012: 61-63), articuló el palimpsesto de subestructuras que se
asociaban con ellas. Los “campos de hoyos” se parcelaron en
espacios interiores o exteriores a cada anillo del “recinto de
fosos”, planificador y ordenador espacial de los asentamientos
(Delibes et al., 2014: 8). Esta organización se intuyó donde solo
se conocían “hoyos”. El éxito de esta tipología de asentamientos
queda constatado por su continuidad milenaria (Balsera et al.,
2015: 149) y su amplia distribución. Hasta el momento, solo
faltan en los rebordes montañosos septentrionales peninsulares
(Fábregas, Bonilla y César, 2007; Márquez y Jiménez, 2010:
280-288; Gianotti et al., 2011).
La orientación post-procesual, predominante en los estudios
extrapeninsulares sobre recintos, se ha materializado como una
poderosa alternativa interna. En la senda de S.O. Jorge y V.O.
Jorge (Universidad de Oporto), J.E. Márquez y V. Jiménez (2010:
40, 42) desde la Universidad de Málaga reclaman contextualizar
los “campos de silos” en la investigación sobre la “arquitectura
inscrita” de la fachada atlántica europea, dada la manifiesta afinidad –morfológica, espacial y funcional–, entre ambas fenomenologías arqueológicas (Márquez, 2001: 209). Los recintos ya no
son aldeas, sino centros de culto o lugares de agregación social
complementarios de hábitats temporales por encontrar. La tesis
de Márquez Romero (2001: 215) sobre el carácter ideológico de
los mismos contradecía el concepto formalista que guiaba el estudio de los primeros agricultores. Al defender unos asentamientos
provisionales amenazaba una vida campesina que, por entonces y
en buena medida gracias a los recintos, por fin, se había estabilizado fuera de las cuevas (Martí y Bernabeu, 2012: 129-130, 132).
En el debate inmediato entre las alternativas emic/etic su énfasis
en la determinación ideológica superó al de cualquier otro colega,
a la vez que rechazaba con ellos una división rígida, conceptual y
física, entre lo sagrado y lo profano (Márquez, 2000: 222; Delibes
et al., 2014: 180; Márquez y Jiménez, 2014: 151-152).
El subrayado ritual, como antítesis reconocida del enfoque
formalista, atañe a la teoría más que a “un problema sobre la
formación del registro arqueológico” (Jáimez y Márquez, 2006:
39). Ello no contradice el potencial crítico de la relectura “emic”
de los indicadores socio-económicos al uso. Pueden adolecer de
otro tipo de apriorismos que sea bueno revisar.
[page-n-3]
“Hoyos” y “recintos” en positivo: construcciones y modelo económico
2. LA FORMACIÓN DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO
COMO “DEPÓSITO ESTRUCTURADO”
Los paleolitistas señalaron, ya en los 1960, que explicar el registro arqueológico en términos históricos exigía comprender
su formación. Tras casi veinte años la percepción se generaliza
entre los prehistoriadores por influencia más o menos directa
y consciente de Binford y su reivindicación de técnicas de
inferencia independientes de las teorías acerca de la dinámica
del pasado. La investigación de Schiffer es el referente reconocido de unos estudios, abordados ahora desde posiciones
no procesuales (González-Ruibal, 2003a: 52; Hardy-Smith y
Edwards, 2004: 255-256). Es el caso de los defensores de los
“depósitos estructurados” (Jiménez y Márquez, 2006: 39-40;
Jiménez, 2007: 475-477), si bien conceptos tafonómicos básicos como “desecho primario” y “secundario”, más que articular un programa empírico específico, organizan la crítica
bibliográfica a los marcadores habituales de “fondos de cabaña” y “silos”. Las obras sobre la “arquitectura inscrita” de la
Europa atlántica inspiran la atribución de un origen ritual a la
formación del registro.
Márquez (2000: 206, 218) asume la antigüedad de la agricultura en el sur de la Península Ibérica pero no que de ella se
sigan procesos inevitables de intensificación de la producción
y acopio de excedentes como reclamaba la interpretación hegemónica de las subestructuras del valle del Guadalquivir.
Opone a este enfoque evolucionista el concepto alternativo
de Neolítico que, desde los 1990 (Márquez, 2000: 217-219),
guía sus estudios sobre el Neolítico final y Calcolítico en el
sureste. Una información arqueológica similar en las sociedades megalíticas dentro y fuera de la península justifica un
modelo explicativo único, menos para las relacionadas con
los asentamientos amurallados y necrópolis tipo Millares y
sus entornos (Márquez, 2000: 206-207, n. 2). En Málaga,
Márquez define un modelo territorial, basado en las necrópolis y los asentamientos, contrastante con el de la Edad del
Bronce. En sitios no prominentes se construyen “fondos de
cabaña” con cubiertas de entramado de cañizo recubierto de
barro. Otras estructuras subterráneas de almacenaje (algunas
“convencionalmente silos”) formarían parte de hábitats de
rasgos similares a los anteriores (Márquez, 2000: 208-211).
Su “invisibilidad espacial” y “la escasa entidad de las construcciones” sugieren que tengan una fase, algo extraño en un
“modo de vida plenamente campesino” pero coherente con
lo conocido sobre los poblados megalíticos en el resto de
Europa (Márquez, 2000: 217).
Jiménez, en artículos posteriores sobre las subestructuras
de la “región clásica”, rechaza que haya dos tipos con y sin
estratigrafía: los procesos que condujeron a su formación y el
contenido arqueológico son muy similares y la distinción morfológica, la única admisible entre “silos” y “fondos de cabaña”, no siempre es posible (Jiménez, 2007: 479, n. 13). Según
Jiménez y Márquez el debate sobre las supuestas viviendas
debería empezar por su tipología. Proponen las “casas-pozo”
hohokam: su base es una fosa excavada y los muros las paredes interiores. A menudo se les superpone alguna otra “‘aérea’
con materiales perecederos o bloques de piedra” (Jiménez y
Márquez, 2006: 43). Fuentes etnográficas y experimentales
definen las condiciones de habitabilidad y los requerimientos
técnicos (Jiménez y Márquez, 2006: 44, 46). A ellas se remite
la evaluación del registro arqueológico. Las subestructuras no
son “casas-pozo”: ni tienen evidencias constructivas (cf. supra
Márquez, 2000), ni espacios adecuados para una ocupación
prolongada, ni una sedimentación paulatina de los niveles de
ocupación (Jiménez, 2007: 478, 489). Su colmatación es acelerada e intencionada. Corresponde a “basureros”, si el relleno
es “masivo y aleatorio” y a contenedores de “actos de significación simbólica”, si hay estratigrafía, a la que los oficiantes
pueden aportar potentes sedimentaciones naturales (Jiménez,
2007: 478-481). Si algunas estructuras tuvieron usos sucesivos, ninguno fue el de “casa-pozo” (Jiménez, 2007: 489).
La breve ocupación que sugiere la lectura vertical de los
rellenos es desconocida en depósitos correspondientes a los
“niveles culturales” de un hábitat (cf. Márquez, 2000: 204205). De ahí derivan los afanes de los colegas en identificar
estratigrafías horizontales (Jiménez, 2007: 481), esfuerzos
fallidos al faltar una conexión estratigráfica directa entre los
depósitos de estructuras cercanas: “de ser fondos de cabañas, nunca habría dos cabañas en uso a la vez” (Jiménez,
2007: 482). A su vez, los pocos años de vida de sus materiales de construcción no se corresponden con los requeridos para “una acumulación tan exagerada” de artefactos y
sedimentos (hasta 2 m de potencia) (Jiménez, 2007: 486).
La relectura pasa, por fin, de las estructuras aisladas a los
“lugares de agregación”. En general de gran extensión están
afectados solo en parte por los episodios destructivos constatados en multitud de pozos tras su cierre (en adelante Jiménez, 2007: 487). Esto hace sospechar que, a menudo, los
procesos postdeposicionales con los que se quiere justificar
que no haya evidencias de “casas-pozo”, sean “fantasmas”,
imaginados por los colegas. Fuera de sospecha quedan las
excavaciones y actividades agrícolas que retiran la “gruesa
capa de tierra, normalmente en un avanzado estado de pedogénesis” que cubre, y oculta, los restos más superficiales de
las estructuras. Pero tal reserva no llega al punto de que las
remociones expliquen la falta de elementos estructurales de
las supuestas cabañas, ni de restos procedentes de sus rellenos, diseminados entre ellas sobre el suelo actual. A escala
micro, y a partir del Polideportivo de Martos (Lizcano et al.,
1997), tampoco la falta de superficies ‘fósiles’ de ocupación
se debe a distorsiones del registro. Las remociones ni afectan
a todas las estructuras, ni eliminan todo el depósito en las
alteradas (Jiménez, 2007: 488): las nivelaciones y remodelaciones internas podrían preservar más que destruir los suelos
de ocupación (Jiménez, 2007: 489).
Márquez y Jiménez declaran la unión de lo sagrado y lo
profano pero enfatizan lo simbólico y ritual (Cámara y Molina, 2015: 106). Una carencia profana notable es la cota de
frecuentación original desde la que se excavaron los “depósitos estructurados”. Solo si se debieran a seres humanos con
otra forma de marcha, la desconexión estratigráfica directa
entre ellos podría explicarse sin procesos postdeposicionales.
Otra rara ausente, decidiéndose el origen ritual o natural de
los depósitos, es la geología (Jiménez, 2007: 478, 480). Ir de
lo secular a lo sagrado facilita más el contraste empírico que
la vía inversa.
405
[page-n-4]
M. I. Martínez Navarrete
3. CAMPESINADO Y VIVIENDAS:
UN PAR DE EJEMPLOS DE LA EUROPA MERIDIONAL
PASADA Y PRESENTE
El punto de partida de quienes estudiamos historia es la unidad de la experiencia humana por la que asumimos respuestas
análogas y, por tanto, rastreables, ante procesos regulares. La
dificultad reside en que su expresión, sin un patrón universal de
racionalidad, varía en cada comunidad. Tras plantear la perspectiva interna y externa como alternativas opuestas para abordar
esa diversidad, ahora su contraste ayuda a repensar los conceptos y estrategias rutinarias de recopilación de datos (GonzálezRuibal, 2003b: 416- 417). Soy partidaria de reflexionar sobre
los sesgos ideológicos que configuran el registro, pero no veo
como alternativa una arqueología prehistórica que pretendiera
asumir la perspectiva de los potenciales estudiados. Los testimonios arqueológicos filtrados por la producción y reproducción social admiten lecturas múltiples o alternativas pero, por su
propia condición física, contradicen las más inverosímiles dado
un cierto contexto histórico. En el tema de la “arquitectura inscrita” el protagonista es un campesinado (Vicent, 1990, 1991:
35-47; Díaz-del-Río, 1995), vinculado de modo ineludible a sus
medios de producción, de los cuales el principal es la tierra. La
inversión de trabajo social para una producción diferida convierte el “paisaje natural” en “paisaje agrario”, haciendo superior el coste del abandono y de una nueva inversión al mantenimiento de una productividad mínima.
Para no extenderme centro mis comentarios (versus sección 2) en un paisaje agrario específico: el de los constructores
de recintos de fosos, descrito en las terrazas en torno a Madrid (Díaz-del-Río, 1995, 2001, 2003). La versión más habitual vincula el poblamiento con ganaderos móviles de ovejas
y cabras que siguen los pastos permanentes situados en los
humedales de la llanura aluvial. Se basa en el alineamiento
de los yacimientos con los cursos de agua, en el mayor número de restos de esas especies que el de vacas y cerdos, en
identificar estabilidad y arquitectura en piedra y en considerar las vegas poco cultivables. El trasfondo es un concepto de
Historia que define las culturas como asociaciones de rasgos
clasificatorios sin articulación funcional. A partir de fuentes
etnográficas, ajenas al medio natural más característico de la
Península Ibérica desde esta fase del Holoceno, y específico
de la Meseta, se define una dicotomía agricultura-sedentarismo y pastoreo-movilidad, interpretada como dualidad de poblaciones. Sin embargo el rasgo propio del campesinado en
la zona mediterránea es la integración de la ganadería en la
economía agraria doméstica como alimento, abono, fuerza de
tiro y transporte (Delibes, 2011). La racionalidad económica
pasa por la falta de especialización, el uso de diversos ecosistemas, el almacenaje y el reciclaje de materia, energía, agua y
residuos. La movilidad a corto, medio o largo plazo que esta
gestión agro-forestal pueda suponer no implica sin remedio
a todo el grupo doméstico. Sus componentes básicos tenderán a acercarse al hábitat agrario, como un ejemplo más de
la minimización de esfuerzo característica de las sociedades
campesinas. Tales estrategias sociales, en conjunto, reducen
la incertidumbre proveniente de una naturaleza impredecible,
manteniendo una amplia heterogeneidad espacial y diversidad
biológica. Su finalidad es inmovilista: el campesino es conservador en lo ecológico y, sobre todo, en lo social. Un rasgo tan
406
connotado en el debate sobre el origen de la desigualdad como
el almacenaje busca, en principio, la seguridad alimentaria y
no una acumulación que conduzca directa e inexorablemente a
la sociedad de clases.
El hábitat agrario es el mejor testimonio del modo de vida
campesino por su relación con la vida social y productiva y con
los aspectos ideológicos y culturales de la misma. Está determinado por las condiciones ambientales más en sentido negativo
(lo excluido) que positivo. Este tópico antropológico tan pertinente en el debate sobre la movilidad de los constructores de la
“arquitectura inscrita” carece, sin embargo, de programas específicos de investigación. En ello influye, como en otras zonas
europeas, el concepto de cambio cultural por sustitución demográfica (Stevanović, 1997: 336) y también el debate citado favorecido por la modestia de los escombros hallados (restos de adobe y de entramados vegetales cubiertos de barro). Como fuente
alternativa de analogías propongo la arquitectura neolítica del
sureste de Europa y la arquitectura popular del barro de la Tierra
de Campos, en la Meseta norte. Ambas cuentan con importantes
tradiciones de estudio. La pertinencia del sureste europeo reside
en su condición de cruce de caminos entre Europa y el Próximo
Oriente, cuna de una arquitectura en barro bien conocida, antigua y ligada a hábitats permanentes. La investigación sobre la arquitectura popular castellana (Maldonado y Vela-Cossío, 2011)
se amplió a partir de los 1980 con iniciativas privadas (Centro
Navapalos, Soria) y públicas (EE.TT.SS. de Arquitectura: Centro de Investigación de Arquitectura Tradicional, Madrid; Grupo
Tierra, Valladolid…), encaminadas a la difusión, conservación
y experimentación con este material de construcción en proyectos de rehabilitación, sostenibilidad y ayuda al desarrollo. Esta
arquitectura tiene raíces medievales y su abandono se relaciona
con el éxodo rural, acelerado en los 1950.
El estudio de Stevanović (1997: 336, 342-344, 354-355) sobre la arquitectura Vinča tiene trascendencia regional dada la
llamativa semejanza en las actividades constructivas de las culturas neolíticas de todo el sureste europeo. En su opinión la casa
es un artefacto en sí misma. Debe ser estudiada como tal en las
4 fases de su vida útil: la construcción (técnicas y materiales),
el uso (organización espacial), el mantenimiento y la destrucción interpretable como una práctica tecnológica deliberada.
La vivienda Vinča está levantada con técnica de encestado y se
vincula con aldeas de ocupación prolongada (en extensión o en
tell). El tipo arquitectónico tuvo un uso mínimo hasta el Neolítico antiguo. Su tecnología moviliza materiales antes inexistentes
como cantidades masivas de arcilla, obtenidas en excavación,
mezcladas con agua y restos orgánicos como la cascarilla y paja
de los cultivos. Requiere una organización de complejidad adecuada y el acceso a los materiales y a la zona edificable. Dado
el peso de las arcillas y la limitación del transporte se cree que
su extracción tuvo un efecto concatenado en las aldeas: los pozos de forma oblonga y los desplazamientos horizontales de las
viviendas. Este hábitat aéreo se prefiere de manera creciente al
subterráneo y semisubterráneo.
El análisis de la arquitectura en barro castellana considera
las mismas fases que acabamos de citar, incluyendo la cuarta
de demolición y eliminación de residuos (Sánchez, 2000: 1316; Cortés, 2013: 191-194). En todas impera el principio del
mínimo esfuerzo y mayor proximidad con el máximo aprovechamiento y mínimo costo. La edificación sirve como residen-
[page-n-5]
“Hoyos” y “recintos” en positivo: construcciones y modelo económico
cia y unidad mínima de producción, acoge al ganado y sirve
de almacén. También la tecnología refuerza la adaptación a las
condiciones ambientales: la disponibilidad y proximidad de los
materiales de extracción (sobre todo arcilla y cal) y del agua es
decisiva al minimizar el gasto energético por acarreo. Culturalmente las construcciones son los elementos identitarios más
significativos del paisaje. Implican la transmisión oral de conocimientos para la selección de las técnicas constructivas y estrategias proyectuales más funcionales y económicas. Socialmente
el patrón de explotación agraria de la arquitectura popular logra
una gran cohesión al generar espacios para la vida en común.
El proceso constructivo no permite una disociación nítida
de las dimensiones ambientales y económicas. Su fin es la simplificación tecnológica y la reducción de componentes que se
combinan, según la altura del edificio, para lograr la máxima
efectividad del conjunto. Los materiales son la piedra, el barro
crudo y la madera. La piedra requiere poca transformación y
mantenimiento y es duradera. Se emplea en los zócalos, en la
primera hilada del tapial o, como cantos, en otras escalonadas
en los muros. El barro es la base de los muros de tapial y adobe
y sirve como mortero, revoque, relleno de encestados y piso.
El tapial se hace con tierras arenosas graduadas con arcilla que
actúa de conglomerante. Se prepara dejando las tierras centenales en montones a la intemperie al menos de otoño a otoño para
airear las arcillas y eliminar toda materia orgánica, susceptible
de germinar y debilitar los muros. Los cajones se rellenan en
tandas con tierra humedecida cuya consistencia suele aumentarse con paja de centeno. La masa se prensa para evitar huecos,
sin que pase mucho tiempo entre cada hilada. El adobe es más
manejable que el tapial. La arcilla procede del barrero y se criba
para quitar impurezas. Se fortalece mezclándola con paja, cal,
arena o estiércol y pisándola con algo de agua. El estiércol se
ha extraído de las cuadras y dejado orear en pequeños montones antes de usarlo. La masa resultante se mete en la gradilla.
Se aprieta bien, se rasa, se extrae del molde y se deja secar al
sol. Conviene hacer el adobe en primavera y otoño: en verano las altas temperaturas agrietarían el barro, y en invierno hay
problemas de humedad y frío. Las otras aplicaciones del barro
exigen también su preparación. Se trae del barrero más cercano
y se deja orear unos días. Luego se ara, macha, pisa o muele. Se
mezcla con el agua y se soba para que la masa sea moldeable y
se endurece con greda cribada.
La arquitectura en barro sustituye los alzados con estructuras ligeras por potentes muros de carga (entre 45 y 60 cm) que
asumen la labor portante. La fragilidad del barro al viento y la
lluvia impone esa masividad, el cuidado periódico y la reposición de los revocos cada pocos años. La contrapartida son las
propiedades bioclimáticas de los muros: su gran aislamiento
e inercia térmica. La adición de material fibroso como la paja
trillada, en los muros y en los acabados, frena su tendencia a
resquebrajarse por retracción y aporta mayor resistencia mecánica a flexión. Contrarresta la acción del sol y la lluvia y mejora el comportamiento térmico del material, ya que las briznas
de paja funcionan como pequeñas cámaras de aire con gran
capacidad aislante.
La madera es imprescindible en la estructura general del
edificio (armaduras de las cubiertas, viguería, entramados de
paredes y tabiques, escaleras, barandillas) y en la carpintería
(puertas, ventanas, mobiliario). Se emplea como enramado (en
techumbres, paramentos y estructuras recubiertas de barro), tablón (suelos y protección de muros de barro) y en rollo, descortezado o al natural. Se usan los árboles locales, p. ej., chopos
en los páramos y en Tierra de Campos. Se talan al principio del
otoño-invierno cuando, casi sin savia, aprietan las fibras. En la
construcción se usan secos pero, antes, el rollo se deja a orear a
la intemperie en el almacén o lugar de la obra para que se empape de lluvia, se lave y se endurezca. Después se trocea y, en su
caso, escuadra y cepilla. La durabilidad de la madera (entre 3 y
500 años) depende de la especie y de las condiciones de conservación (contacto con el suelo, aireación, sequedad).
Otro rasgo de la arquitectura popular es que el grupo familiar solo, o con apoyo vecinal, construye y realiza las tareas
campesinas, lo que requiere una permanencia anual mínima
para alternarlas y combinarlas. Los recursos ambientales y
agrarios empleados en la vivienda se incorporan a los campos
cultivados en su cuarta fase de vida útil: la demolición y eliminación de residuos.
4. LA FORMACIÓN DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO
COMO ESCOMBRO
“Desecho” y “basura” son conceptos relativos. Cada sociedad
tiene los suyos, incluyendo la primacía del componente ideológico sobre cualquier otro (mal de ojo, menstruaciones, hechizos
ruptura de tabúes…). Pero la mayoría del tiempo la gente estuvo
disponiendo la basura de un modo muy conveniente: dejándola
simplemente donde caía (Rathje y Murphy, 1992: 32-33). Solo
mucho después de hacernos sedentarios, la basura empezó a ser
un problema. Las comunidades campesinas tienen excedentes
limitados y los elementos descartados, en general orgánicos,
son reciclables. La situación es similar en muchas sociedades
preindustriales donde “no se tira nada e incluso lo aparentemente más inservible se guarda para posibles usos insospechados”
(González-Ruibal, 2003a: 63). La distinción entre abandonados
planeados y no planeados y entre los que prevén o no retorno
es relevante a este respecto pero, en general, el despoblamiento
es un “proceso que va desde la ocupación como residencia a
tiempo total hasta el abandono irreversible” (González-Ruibal,
2003a: 59, 57; Hardy-Smith y Edwards, 2004: 256).
Las recuperaciones de artefactos (piezas metálicas, molinos, ídolos…) tras dejar una estructura tienen gran potencial
de distorsión del registro, si buscamos indicadores de esferas
concretas de la vida social. En cambio, para explicar el proceso
de formación de un yacimiento lo relevante es la extracción de
elementos de la arquitectura como vigas o postes (GonzálezRuibal, 2003a: 65) y la de sus propios escombros si el edificio
es de tierra. Los primeros manuales de labranza europeos (Anónimo, 1860: 13-14) incluían entre el abonado unas mezclas de
tierras, reconocibles en la composición de tapias y adobes (sección 3): tierra y marga gredosa para el terreno arenoso; tierra y
marga arenosa y caliza, yeso de demoliciones para el gredoso
o arcilloso… Los blogs sobre pueblos castellanos recogen testimonios de antiguos agricultores para los que la tierra infértil
durante muchos años, procedente de tirar los edificios de barro,
mejora los huertos y los campos pedregosos o con surgencias.
No he encontrado datos arqueológicos relativos al abonado con aporte mineral pero Poirier y Nuninger (2012: 10,
12-13, 5), aun sin planteárselo, ofrecen elementos para con407
[page-n-6]
M. I. Martínez Navarrete
siderar su empleo: a) los testimonios de la antigüedad del estercolado (IV milenio BC en Suiza), b) los trozos de cerámica incorporados al estiércol que pudieron llegar también en
los escombros de tapial y adobe y c) una cadena detallada de
inferencias que condiciona que haya o no artefactos fuera del
yacimiento (Poirier y Nuninger, 2012: 20, Fig.7). Los autores
aluden a la frecuencia con la que cacharros rotos y materiales
de construcción caen con los otros desechos en los montones
de estiércol, en general, situados junto al hábitat. Tras estercolarse los campos y descomponerse la materia orgánica,
esos restos antrópicos serían el único testigo de la práctica
del abonado. El estercolamiento sea cual fuere la regularidad
en su práctica y el modo de transporte utilizado prioriza las
huertas a menos de un km del hábitat pero puede llegar hasta
un radio de 1 a 2 km del mismo (Poirier y Nuninger, 2012:
15-16). Las fuentes etnográficas, los textos agronómicos latinos y la iconografía antigua (en parihuelas), medieval (en
cuévanos) atestiguan el transporte de pequeñas cantidades
regulares de abono a parcelas incluso más alejadas. En suma,
los campos se pueden fertilizar sin recurrir a la tala y quema,
pero optar por esa alternativa implica replantearse la breve
permanencia del hábitat y la ganadería móvil y precisar el
almacenado de los recursos agrícolas.
5. REFLEXIONES FINALES SOBRE EL ESTADO
DE LA CUESTIÓN Y ALGUNAS ALTERNATIVAS
Nuestras interpretaciones defienden de modo bastante apriorístico disyuntivas que los aspectos concretos del registro
ayudan a reconocer como falsas. Los restos arqueológicos
evidencian la combinación de materiales en la arquitectura
del hábitat o de ciertos edificios, y cómo la durabilidad de
los más frágiles (barro, madera) es más contextual (tecnología, posición en el edificio) que intrínseca. La dimensión
ceremonial de los “agujeros negros”, sugerida por el hallazgo
de enterramientos, ídolos, piezas de oro (Murillo-Barroso et
al., 2015), tiene su sentido en el marco de la “ritualización
de la vida doméstica”, según R. Bradley, propia de las sociedades campesinas (Delibes, 2011: 16). La especialización de
la investigación arqueobiológica sobre agricultura y ganadería justifica abordar por separado las respectivas evidencias.
Pero mantener esta estrategia al caracterizar la economía
agraria, proyecta una imagen errónea de las sociedades campesinas (sección 3). Es raro, por ejemplo, leer que la ganadería basada en múltiples cabañas se asocia indefectiblemente
con núcleos agrícolas asentados sobre tierras de cultivo más
o menos fértiles (Liesau y Morales, 2012: 122). Lo habitual
es la dualidad automática cultivos-asentamientos permanentes y ganado-movilidad. Pero la versatilidad residencial de
los agricultores es tan conocida (Hardy-Smith y Edwards,
2004: 257, 272) como discutida la pertinencia de los indicadores arqueológicos “a muy corto plazo” (estacionales,
anuales…), dados los límites de precisión de nuestros métodos radiométricos (de décadas a centurias). Lo más ventajoso sería combinarlos con otras variables. Delibes (2011: 17)
propone inferir la estabilidad del asentamiento de la fuerza
de trabajo invertida en excavar fosos en gredas pesadas y con
la sencilla tecnología a mano. Quizá esa inversión se pudiera valorar al modo como algunos autores han calculado las
408
arcillas necesarias para levantar los muros de las viviendas
LBK (en Stevanović, 1997: 354). También se puede aproximar la permanencia del poblado conectándola con el tiempo
impuesto por el ciclo agrícola pecuario y vegetativo de cada
especie identificada y con la preparación de los materiales de
construcción. Antes de rechazar la pertinencia del segundo,
por ausencia de granos de cereal, se puede intentar rastrear
su cultivo reciclando la estrategia experimental y analítica
de Stevanović (1997: 353-361). Su fin es determinar si la
destrucción por fuego de los poblados Vinča es intencional.
Estudia los escombros de cuatro casas del de Opovo donde
muestrea el peso de las arcillas y estima la madera, las cañas
y los restos de plantas y granos de cereal empleados, tras una
cuidadosa revisión de las improntas. El entorno del poblado
no parece adecuado para el cultivo pero los considerables
restos vegetales añadidos al barro expresarían una estrecha
interdependencia entre agricultura y forma doméstica de
vida. Otra medida empírica de la duración del asentamiento
sería la presión antrópica expresada en las secuencias polínicas (Delibes, 2011: 18).
Un aspecto específico de la temporalidad se relaciona con
la dificultad de identificar estratigrafías horizontales por la indefinición del propio hábitat (sección 1) y la desaparición de
la cota de frecuentación original (sección 2). Lo habitual es
que ignoremos qué representan las catas excavadas respecto
a la superficie total del yacimiento y a su variabilidad interna
(temporal y/o social, económica política, ideológica). La particularidad actual es que la combinación de prospección aérea
y datos geomagnéticos de alta resolución revela, a veces con
sorprendente precisión (Rassman et al., 2014), la completa
planimetría de los asentamientos con subestructuras. Sus dimensiones y complejidad dejan en evidencia la inadecuación
de las estrategias más generalizadas de intervención arqueológica para controlar ese registro y confirman las intuiciones
más pesimistas sobre la parcialidad de lo que conocemos. Una
alternativa ventajosa a escala micro es el desarrollo de técnicas
de muestreo para la excavación, como ha demostrado su aplicación en la compleja mina neolítica de sílex de Casa Montero
(Díaz-del-Río et al., 2007). El estudio del paisaje agrario, en
cambio, exige una modelización espacial a otras escalas (Poirier y Nuninger, 2012). Se debe a Gilman la primera, y más influyente, basada en el materialismo histórico y propuesta para
el sureste de la Península Ibérica (Gilman y Thornes, 1985).
Es una de las fuentes del “modelo factorial del paisaje” de Vicent (1991) todavía pionero por su carácter experimental que
le hace susceptible de soportar la aplicación de técnicas matemáticas de modelización y simulación estadística. Estamos
en el mejor momento para dejar por fin atrás los apriorismos,
falsas disyuntivas y visiones monolíticas, sea cual sea el sesgo
escogido.
AGRADECIMIENTOS
Estoy en deuda con los organizadores de este homenaje a B. Martí
Oliver por invitarme y, en concreto, con J. Juan Cabanilles por su
apoyo durante la redacción del texto. Su temática se contextualiza
en el proyecto HAR2013-47776-R (2013-2016). Debo a su I.P., P.
Díaz-del-Río, a V. Mayoral (IAM, CSIC), C. Ortiz, I. Sastre, J. Vicent (IH, CCHS-CSIC), orientaciones de gran utilidad. Soy la única
responsable del resultado. C. Varela tradujo los textos en francés.
[page-n-7]
“Hoyos” y “recintos” en positivo: construcciones y modelo económico
BIBLIOGRAFÍA
ANÓNIMO (1860): Manual de labranza traducido del francés
para las bibliotecas populares. Imprenta del Ferrocarril, Santiago [de Chile].
ARRIBAS, A. y MOLINA, F. (1984): “Estado actual de la investigación del megalitismo en la Península Ibérica”. En Scripta
Praehistorica Francisco Jordá Oblata. Universidad de Salamanca, Salamanca, p. 63-112.
BALSERA, V.; BERNABEU, J.; COSTA-CARAMÉ, M.; DÍAZDEL-RÍO, P.; GARCÍA SANJUÁN, L. y PARDO, S. (2015):
“The radiocarbon chronology of southern Spain’s Late Prehistory (5600–1000 cal BC): a comparative view”. Oxford Journal
of Archaeology, 34 (2), p. 139-156.
BERNABEU, J.; AURA, J.E y BADAL, E. (1993): Al oeste del
Edén. Las primeras sociedades agrícolas en la Europa mediterránea. Síntesis, Madrid.
BERNABEU, J.; OROZCO, T. y DIEZ, A. (2012): “Mas d’Is y las
construcciones con fosos del VI al III milenio cal a.C.”. MARQ
Arqueología Museos, 05, p. 53-72.
BERNABEU, J.; PASCUAL, J.L. y GUITART, I. (1989): “Reflexiones en torno al patrón de asentamiento en el País Valenciano entre el Neolítico y la Edad del Bronce”. Saguntum, 22,
p. 99-124.
CÁMARA, J.A. y MOLINA, F. (2015): “Indicadores de conflicto
bélico en la Prehistoria reciente del cuadrante sudeste de la
Península Ibérica: el caso del Calcolítico”. Cuadernos de
Prehistoria y Arqueología de Granada, 23 (2013), p. 99-132.
CORTÉS, J. (2013): “La arquitectura popular como modelo de edificación sostenible. El ejemplo de Tierra de Campos”. Observatorio Medioambiental, 16, p. 185-206.
DELIBES, G. (2011): El pan y la sal. La vida campesina en el
valle medio del Duero hace cinco mil años. [Discurso del
académico electo] Real Academia de Bellas Artes de la Purísima
Concepción de Valladolid, Valladolid, 48 p.
DELIBES, G.; GARCÍA, M.; OLMO, J. del y SANTIAGO, J.
(2014): Recintos de fosos calcolíticos del Valle Medio del Duero: Arqueología aérea y espacial. Studia Archaeologica 100,
Universidad de Valladolid, Valladolid, 216 p.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (1995): “Campesinado y gestión pluriactiva
del ecosistema: un marco teórico para el análisis del III y II milenios a.C. en la Meseta peninsular”. Trabajos de Prehistoria,
52 (2), p. 99-109.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (1999): “La arqueología madrileña en el
contexto del libre mercado: perspectivas y retos desde la
cooperación entre antagonistas”. Actas XXV Congreso Nacional
de Arqueología (Valencia 1999). Diputación de Valencia,
Valencia, p. 138-141.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (2001): La formación del paisaje agrario: Madrid en el III y II milenios BC. Arqueología, Paleontología y
Etnografía 9, Serie de la Consejería de las Artes, Comunidad de
Madrid, Madrid, 389 p.
DÍAZ-DEL-RÍO, P. (2003): “Recintos de fosos del III milenio
AC en la Meseta peninsular”. Trabajos de Prehistoria, 60 (2),
p. 61-78.
DÍAZ-DEL-RÍO, P.; VICENT, J.M.; LÓPEZ-ROMERO, E. y
TORRE, I. de la (2007): “Diseño de un muestreo sistemático
para la excavación de la mina neolítica de Casa Montero (Madrid)”. Actas de las Segundas Jornadas de Patrimonio Arqueológico en la Comunidad de Madrid. Dirección General de Patrimonio Histórico, Madrid, p. 194-200 (http://www.casamontero.
org/rec_publi.html).
FÁBREGAS VALCARCE, R.; BONILLA RODRÍGUEZ, A. y
CÉSAR VILA, M. (2007): Monte dos Remedios (Moaña, Pontevedra). Un asentamiento de la prehistoria reciente. Tórculo
Edicións, Santiago de Compostela.
GARCÍA, O.; BARTON, C.M. y BERNABEU, J. (2008): “An integrated program of geophysical survey, coring, and test excavations
to study a 4th millennium bc-cal ditch at Alt del Punxó (Muro de
l’Alcoi, Alacant)”. Trabajos de Prehistoria, 65 (1), p. 143-154.
GIANOTTI, C.; MAÑANA-BORRAZÁS, P.; CRIADO-BOADO,
F. y LÓPEZ-ROMERO, E. (2011): “Deconstructing Neolithic
Monumental Space: the Montenegro Enclosure in Galicia
(Northwest Iberia)”. Cambridge Archaeological Journal, 21 (3),
p. 391-406.
GILMAN, A. y THORNES, J.B. (1985): Land-use and Prehistory
in Southeast Spain. George Allen & Unwin, London, p. 217.
GONZÁLEZ RUIBAL, A. (2003a): La experiencia del Otro. Una
introducción a la etnoarqueología. Akal, Barcelona, 192 p.
GONZÁLEZ RUIBAL, A. (2003b): “Desecho e identidad: etnoarqueología de la basura en Galicia”. Gallaecia, 22, p. 413-440.
HARDY-SMITH, T. y EDWARDS, Ph.C. (2004): “The Garbage
Crisis in prehistory: artefact discard patterns at the Early Natufian
site of Wadi Hammeh 27 and the origins of household refuse
disposal strategies”. Journal of Anthropological Archaeology,
23, p. 253-289.
JIMÉNEZ, V. (2007): “La Premisa Pompeya y las ‘cabañas
semisubterráneas’ del sur de la Península Ibérica (IV-III milenios A.C.)”. Mainake, XXIX, p. 475-492.
JIMÉNEZ, V. y MÁRQUEZ, J.E. (2006): “‘Aquí no hay quien
viva’. Sobre las casas-pozo en la Prehistoria de Andalucía durante el IV y el III milenios AC”. Spal, 15, p. 39-49.
LIESAU, C. y MORALES, A. (2012): “Las transformaciones
económicas del Neolítico en la Península Ibérica: la ganadería”.
En M. Rojo, R. Garrido e I. García-Martínez (eds.): El Neolítico
en la Península Ibérica y su contexto europeo. Cátedra, Madrid,
p. 107-128.
LIZCANO, R.; CÁMARA, J.A.; RIQUELME, J.A.; CAÑABATE,
M.L.; SÁNCHEZ, A. y AFONSO, J.A. (1997): “El Polideportivo
de Martos. Producción económica y símbolos de cohesión en
un asentamiento del Neolítico final en las campiñas del Alto
Guadalquivir”. Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de
Granada, 16-17 (1991-92), p. 5-101.
MALDONADO, L. y VELA-COSSÍO, F. (2011): “El patrimonio
arquitectónico construido con tierra. Las aportaciones historiográficas y el reconocimiento de sus valores en el contexto de
la arquitectura popular española”. En S. Bestraten y E. Hormías
(coords.): La tierra, material de construcción. Informes de la
Construcción, vol. 63, nº 523, p. 71-80.
MÁRQUEZ, J.E. (2000): “Territorio y cambio durante el III milenio
a.C.: propuestas para pensar el tránsito del Calcolítico a la Edad
del Bronce”. Baetica, 22, p. 203-230.
MÁRQUEZ, J.E. (2001): “De los ‘campos de silos’ a los ‘agujeros
negros’: sobre pozos, depósitos y zanjas en la Prehistoria Reciente
del Sur de la Península Ibérica”. Spal, 10, p. 207-220.
MÁRQUEZ, J.E. y JIMÉNEZ, V. (2010): Recintos de fosos.
Genealogía y significado de una tradición en la Prehistoria del
suroeste de la Península Ibérica (IV-III milenios AC). Servicio
de Publicaciones, Universidad de Málaga, Málaga, 588 p.
MÁRQUEZ, J.E. y JIMÉNEZ, V. (2014): “Recent Prehistory
Enclosures & funerary practices: some remarks”. En A.C. Valera
(coord.): Recent Prehistoric Enclosures and Funerary Practices
in Europe. BAR, International Series 2676, Archaeopress,
Oxford, p. 149-154.
409
[page-n-8]
M. I. Martínez Navarrete
MÁRQUEZ, J.E.; VALERA, A.C.; BECKER, H.; JIMÉNEZ, V. y
SUÁREZ, J. (2011): “El Complexo Arqueológico dos Perdigões
(Reguengos de Monsaraz, Portugal). Prospecciones Geofísicas Campañas 2008-09”. Trabajos de Prehistoria, 68 (1), p. 175-186.
MARTÍ, B. y BERNABEU, J. (2012): “La vida doméstica en
el Neolítico peninsular: los lugares de asentamiento”. En M.
Rojo, R. Garrido e I. García-Martínez de Lagrán (eds.): El
Neolítico en la Península Ibérica y su contexto europeo. Cátedra, Madrid, p. 129-141.
MARTÍN DE LA CRUZ, J.C. (1985): Papa Uvas I. Aljaraque,
Huelva. Campañas de 1976 a 1979. Excavaciones Arqueológicas en España, 136, Ministerio de Cultura, Madrid, 274 p.
MARTÍNEZ NAVARRETE, M.I. (1985): La Edad del Bronce
en la Submeseta suroriental: una revisión crítica. Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid. http://hdl.handle.
net/10261/42385 (consulta 19-1-2015).
MURILLO-BARROSO, M.; COSTA, M.E.; DÍAZ-GUARDAMINO, M.; GARCÍA y MORA, C. (2015): “A reappraisal of Iberian Copper Age goldwork: craftmanship, symbolism and art in
a non-funerary gold sheet from Valencina de la Concepción”.
Cambridge Archaeological Journal, mayo, p. 1-32, doi:10.1017/
S0959774314001127.
OLMO, J. del (1999): “Arqueología aérea en Castilla y León”. Revista de Arqueología, 20, 215, p. 45-49.
PASCUAL BENITO, J.L.; BERNABEU, J. y PASCUAL
BENEYTO, J. (1993): “Los yacimientos y las estructuras”. En
J. Bernabeu (dir.): “El III milenio a.C. en el País Valenciano.
Los poblados de Jovades (Cocentaina) y Arenal de la Costa
(Ontinyent)”. Saguntum, 26, p. 25-46.
PELLICER, M. (1986): “El cobre y el bronce pleno en Andalucía
occidental”. En Homenaje a Luis Siret (1934-1984). Junta de
Andalucía, Sevilla, p. 245-250.
POIRIER, N. y NUNINGER, L. (2012): “Techniques d’amendement
agraire et témoins matériels: pour une approche archéologique
des espaces agraires anciens”. Histoire & Sociétés Rurales, 38
(2), p. 1-28.
410
RASSMANN, K.; OHLRAU, R.; HOFMANN, R.; MISCHKA, C.;
BURDO, N.; VIDEJKO, M.Yu. y MÜLLER, J. (2014): “High
precision Tripolye settlement plans, demo-graphic estimations
and settlement organization”. Journal of Neolithic Archaeology,
2014, p. 96-134.
RATHJE, W.L. y MURPHY, C. (1992): Rubbish!: The Archaeology
of Garbage. Harper Collins, New York.
SÁNCHEZ, M. (2000): “Arquitectura popular de Castilla y León.
Procesos constructivos, técnicas y materiales utilizados en época preindustrial”. Revista de Folklore, 235, p. 3-19.
SOLER, J. (2013): “A nueve décadas de Villa Filomena. Luces y
sombras del proceso de investigación de los poblados con hoyos
del Neolítico y el Calcolítico Valenciano”. En J. Soler (dir.):
Villa Filomena, Vila-real (Castellón de la Plana), memoria
de una excavación nonagenaria. Un poblado de hoyos con
campaniforme. Servei d’Investigacions Arqueològiques i
Prehistòriques, Castelló, p. 31-78.
VICENT, J.M. (1990): “El Neolític: tranformacions socials i
econòmiques”. En J. Anfruns y E. Llobet (eds.): El canvi cultural
a la Prehistòria. Columna, Barcelona, p. 241-293.
VICENT, J.M. (1991): “Fundamentos teórico-metodológicos para
un programa de investigación arqueo-geográfica”. En P. López
(ed.): El cambio cultural del IV al II milenios A.C. en la comarca
noroeste de Murcia. CSIC, Madrid, p. 31-117. http://hdl.handle.
net/10261/9427.
WHEATLEY, D.; STRUTT, K.; GARCÍA, L.; MORA, C. y
PEINADO, J. (2012): “New evidence on the spatial organization
of the Valencina de la Concepción Copper Age settlement:
geophysical survey between La Pastora and Montelirio”.
Trabajos de Prehistoria, 69 (1), p. 65-79.
ZAFRA, N.; HORNOS, F. y CASTRO, M. (1999): “Una macroaldea en el origen del modo de vida campesino: Marroquíes
Bajos (Jaén) c. 2500-2000 cal. ANE”. Trabajos de Prehistoria,
56 (1), p. 77-102.
[page-n-9]